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El maestro

Publicada por Redacción Búscolu el 10/12/2017 00:55:33

Tengo la imagen grabada en mi memoria de su bondadosa cara, de la amabilidad que desprendía su sonrisa, de su porte de caballero, con su sombrero, su traje y su bastón, caballero de fina estampa, un lucero que sonriera bajo un sombrero, así lo proclamaba una canción de Chabuca Granda.

Caminando infatigable y disfrutando siempre de la vida, de la que nunca se cansaba de aprender. Recuerdo su profundo amor por la gente a la que siempre intentó ayudar. Su gran pasión fue su profesión “Enseñar”, y no dejó de hacerlo ni en los momentos más difíciles.

Eran tiempos muy duros para todos, tiempos marcados por una guerra que emponzoñó los corazones de la gente haciéndolos enloquecer, consiguiendo que en nuestro pequeño pueblo asturiano, se  enfrentaran amigos, hermanos y vecinos. Pero a pesar de la miseria, de las penurias y el frío de aquellas Navidades del 39, una persona maravillosa se ocupó de  llevar a la pequeña escuela perdida en las montañas cerca del valle de Cibea la  ilusión y la magia de la Navidad, y logró algo que parece imposible, permanecer por siempre en la memoria de todos y llenar nuestras vidas de esperanza.

El día de Reyes el pequeño maestro y su esposa, radiante de felicidad porque iba a tener su primer hijo, habían convocado a todos los niños en la Escuela para entregarles los regalos que los Magos de Oriente habían dejado a su paso por allí, Don Augusto llevaba meses preparando los regalos tallados en madera, delicadamente pintados. Todo estaba a punto para que los pequeños los recibiesen, y aunque había mucha necesidad, la ilusión y la alegría se apoderaron de nuestro pueblo, haciendo que se nos olvidasen las penas y el hambre. Solamente una persona con el corazón ennegrecido como el carbón, estaba decidido a arruinar la vida del maestro, ¡Quien sabe si fue la envidia! o quizás el hecho de que su mujer y su hijo buscaran consuelo en las dulces y amables palabras  del pequeño profesor, huyendo de su mezquindad. Era Porfirio una persona ruin, cómo pocas he conocido en mi vida, borracho, pendenciero y haragán, tenía el don de aprovechar su tiempo libre haciéndole la vida imposible a los demás, se alimentaba del dolor ajeno y cuánto más daño hacía , más feliz parecía ser.

Ese día me levanté y mi madre me puso el vestidito blanco de volantes que me había estado haciendo durante meses atrás para que pudiese lucir bien los domingos en la Iglesia, me peinó con una gran lazada blanca y me preparó el pequeño abriguito azul que primorosamente  había cosido a partir del viejo traje de lana del abuelo Antón.

Nevaba, hacía tanto frío que cuando mamá me trajo el agua para lavarme se me congelaron los dedos y lloré de dolor, estaba impaciente y quería ir cuanto antes a la Escuela, así que la alegría se volvió a apoderar enseguida de mí. Fue entonces cuando llamaron a la puerta y Ramona (la que hacía las hogazas de pan) se presentó en nuestra casa, nerviosa y temblando como una hoja, mi madre se asustó al verla y le preguntó:

-Ramona ¿Qué pasa?

Alguien ha denunciado al Maestro, dicen que tiró el crucifijo de la Escuela al río y lo vienen a buscar, lo van a matar

¿Pero qué dices?, Don Augusto es incapaz de eso, nunca ha hecho daño a nadie, él no ha podido hacer algo así

Pero todos sabían lo que significaba eso, fuera o no fuese verdad, estaba ya condenado y sin posibilidad alguna de defenderse, y todos sabían lo que le pasaba a la gente cuando se los llevaban..Sin pensarlo dos veces mi madre me cogió de la mano firmemente, calzamos nuestras madreñas y como impulsadas por una poderosa fuerza,  salimos corriendo desesperadas de nuestra casa, montaña arriba, mientras mi madre le decía a Ramona que avisara a todos los niños para que subieran ya a la Escuela. Difícilmente una niña tan pequeña que aún creía en los Reyes Magos era capaz de entender aquella situación, pero algo me decía que la persona que me había enseñado a adorar la música, aquella que acostumbraba a ir a la Ópera y a la Zarzuela y que había abandonado esa clase de vida, prohibida para nosotros, esa que lo había dejado todo por amor, estaba en peligro.

Cuando llegamos a la Escuela, Carolina la mujer de Augusto nos abrió la puerta y mi madre le explicó la situación, su cara se ensombreció y el brillo de sus ojos se apagó, las lágrimas comenzaron a rodar por sus sonrosadas mejillas, y un halo de tristeza se apoderó de su esbelta figura. Cuando Augusto salió a recibirnos, entonces pude atisbar y ver nuestra pequeña aula repleta de juguetes de múltiples colores , mi corazón latía desbocado y creí que se me iba a salir del pecho.

Augusto tienes que irte!, una partida viene a buscarte

A mí, ¿Por qué razón?

Dicen que has tirado el crucifijo de la Escuela al río

Pero si el crucifijo está en el Aula , yo sería incapaz de algo así.

¿Cómo pueden acusarme de algo?, si yo no le he hecho daño a nadie en mi vida

Para organizar la fuga mi madre había decidido que todos los niños del pueblo íbamos a cantar un Villancico a la puerta de la Escuela, no se atreverían a apartarnos mientras cantábamos, nos conocían a todos, éramos pequeños y estábamos en Navidad, mientras tanto ganaríamos tiempo de ventaja. Así que mientras mi madre organizaba el coro, Augusto y Carolina organizaban la fuga, ella había preparado un pequeño zurrón en el que pocas cosas podía meterle para comer, algo de queso y membrillo, un poco de embutido que había guardado de la matanza de Noviembre y un poco de aguardiente de arándanos para que le hiciera entrar en calor. Dos abrigos y una gran bufanda para protegerse del frio envolvían a Augusto que se preparaba para cruzar las montañas hasta León, sabía que allí podría encontrar gente que le ayudaría, gente que a causa de la guerra vivía escondida también, Paquito le había dicho que su padre tenía que vivir en el bosque, así que todo saldría bien, pero tenía miedo, iba a abandonar a su familia y no sabía si la volvería a ver nunca más, ¡Aquella estúpida guerra!.

Carolina era tan joven y bella, incluso más ahora, la maternidad le daba un resplandor especial. Mientras la abrazaba, ella no dejaba de llorar, ¡Qué haría ella ahora sin él, con un pequeño al que alimentar!.

Y así el hombre que nos enseñó que solo una fuerza tan poderosa cómo el amor puede vencer a cualquier bandera, ideología o religión, tan fácilmente enarbolados por quienes en la mayoría de ocasiones carecen absolutamente de ese sentimiento, comenzó su triste huida.

Mientras, nosotros, estratégicamente colocados delante de la Escuela, comenzamos a cantar el Adeste Fideles, que tanto le había costado al Maestro enseñarnos. La partida de caza avanzaba hacia su presa, dirigidos por la furia y el odio, incapaces de pensar por sí mismos, presos de una maldad que les impedía ver con claridad lo que iban a hacer, pero el pequeño profesor ya había huido hacia las montañas. Allí estaba Porfirio, deseoso de hacer daño a quien se le pusiera por delante y cual depredador, observando el terreno para que no se le escapase el objetivo. Sus fríos ojos se posaron en aquella pequeña figura que se dirigía hacia el bosque, y fue entonces cuando los cazadores dejaron de tener interés por nuestro coro y pasaron a la acción para acorralar a su preciada pieza, corriendo infatigables montaña arriba.

Pero cuando Augusto cruzó los primeros árboles del bosque y cómo si la naturaleza se hubiese enfurecido repentinamente, una ventisca cómo nunca he visto otra, se levantó frente a todos, el viento soplaba con tanta fuerza y era tal la cantidad de nieve que caía que frenaban la avanzadilla, a duras penas podían seguir los hombres montaña arriba. Fue entonces cuando aparecieron los lobos, rabiosos y hambrientos, como si de guardianes de algún  preciado tesoro se tratara comenzaron a acorralar a los cazadores , convirtiéndolos en sus presas y cómo un imán Porfirio  atrajo la atención de los animales, tanto fue el miedo y las adversidades, que no les quedó más remedio que abandonar por completo la batida. Desde la ventana de la Escuela pudimos ver, como un poderoso destello de luz se abrió paso entre las nubes,  iluminando al Maestro mostrándole el camino, parecía que  el cielo también estuviera implicado. Y así se perdió en el bosque sin que nadie pudiese hacer nada, aquella pequeña figura.

Mientras tanto en la pequeña Escuela, diez niños reían y jugaban ajenos a lo que estaba pasando fuera, llenos de ilusión y alegría, leían las poesías que Augusto había escrito para cada uno de ellos y que cuidadosamente había dejado junto a los regalos. He guardado siempre esos versos :

Que Dios reparta alegría,

Que se aparten las tristezas

Que siempre estemos eufóricos,

Que las vidas que vivamos

Sean alegres y amenas

Que no existan contratiempos,

Que nuestras vidas sean rectas:

Que no tengamos envidia

De las alegría ajenas

Y que se aparten de nos..

Para siempre nuestras penas

Y así surgió la leyenda que se transmitió durante generaciones y quién sabe si fue por casualidad o realmente una  alianza de las fuerzas de la naturaleza que decidieron rebelarse contra la injusticia, contra la sinrazón y la maldad para salvar a un auténtico ángel, un gran Rey Mago, que pasó por nuestras vidas, enseñándonos lo importantes que son los valores para ser felices, y cómo la educación ayuda a no dejarse llevar nunca, por aquellos que en nombre de estandartes o naciones, están dispuestos a hacer de la vida de los demás, el Infierno de dónde ellos vienen.

Este cuento de Navidad es parte de la vida de un hombre bueno que al final de sus años,  cuando ya había superado los 100, le decía a su hija Angelines:

Me doy cuenta que ya no pertenezco a este mundo.

Es cierto, Augusto nunca perteneció a este mundo, era especial, diferente y creo sinceramente que Dios le envió para sembrar bondad, gratitud y amor, ese amor que se instaló en nuestros corazones, en los de todos los que le conocíamos y le queríamos y que nos hace creer que todavía sigue aquí, porque tan grande y poderosa fue su presencia y lo que transmitía que se quedó para siempre entre nosotros.

Así que ahora al final de mi vida recuerdo como un precioso tesoro aquel día en el que se obró un milagro a la vista de todos para que la persona que impulsó mi vocación como maestra, pudiese estar con nosotros un siglo entero. Aunque hoy al igual que Augusto, siento que ya no pertenezco a este mundo y que estoy más cerca del otro, dónde una vez más volveré a encontrarme con él.

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