El rastrillo ecuménico

Publicada por Redacción Búscolu el 10/12/2017 00:58:08

¿Por qué no hay un rastrillo aquí? En casi todas partes hay uno –aseguró, categórico,  uno de los nietos.

      El abuelo suspiró. – ¿Queréis  saber la razón por la que no tenemos un rastrillo navideño? Vale, ahí va. Todos los meses de Diciembre, cuando llegaban las Navidades, la gente se preguntaba lo mismo que vosotros. Nadie sabía la respuesta. Simplemente no lo había.  Todos los años, en medio de la barahúnda de iluminación festiva, villancicos cantados a la máxima potencia que permite la megafonía, pastelerías llenas de mazapanes artesanos y las administraciones de lotería preguntándote a traición: “¿Y si cae aquí?”, la gente echaba de menos un rastrillo parroquial que diera a nuestra ciudad ese aire americano que se ve en las películas americanas –una tos interrumpió el flujo de recuerdos. Continuó.  - Hace siete  años, esas mismas personas se pusieron muy pesadas  pidiendo la celebración de un rastrillo. Todas las asociaciones parroquiales y ONGs tenían uno ¿verdad? ¿Por qué su parroquia no iba a tener el suyo? Insistieron de forma machacona hasta que don Elpidio, titular de una de las tres parroquias de la ciudad, capituló ante la increíble pesadez de algunos de sus feligreses. En su fuero interno aborrecía la idea de montar un rastrillo navideño pero, aunque  no había leído El Arte de la Guerra, don Elpidio sabía que cuando no puedes vencer al enemigo, lo más razonable es unirte a él. Y se arrojó en brazos del azar. Que fuera lo que Dios quisiera.

     Después del estupor que produjo la  inesperada capitulación del sacerdote, las ideas de la feligresía fluyeron con total  despreocupación, proponiendo cosas a cual más absurda. Don Elpidio se quedó estupefacto cuando escuchó la sugerencia de hacer un calendario como en la película de Helen Mirren pero con los catequistas posando para las fotos. No había visto la tal película pero sabía que, en el  calendario, las modelos no iban lo que se dice vestidas  -sonrisitas de los nietos mayores, que de esos temas sabían más que comer. –No  sabía cómo atajar tanta locura cuando Benito, el sacristán, que estaba agobiadísimo pensando en el trabajo extra que se le venía encima, puso sobre el tapete una cuestión que, de puro lógica, no se le había ocurrido a nadie.

     -Lo haremos entre todas las parroquias, ¿no?

      Benito no buscaba más que intentar que le tocara a otra iglesia el trabajo que, con casi toda seguridad, le iba a caer a él pero, los reunidos lo llevaron por otro lado. La marea de propuestas dio un giro notable y siguió por los cauces del hermanamiento de todos los seres humanos, la necesidad de una respuesta unitaria, la globalización de la caridad, etc. Don Elpidio, que ya lamentaba profundamente haberse metido en semejante berenjenal, intentó poner un poco de orden en aquel gallinero en donde todo el mundo hablaba y nadie escuchaba.

     -Pues claro que lo haremos entre todos. Faltaba más. Esto nos atañe a todos.

     -Exacto –exclamó don Antonio. –A todos. Por eso me atrevería a proponer que invitemos a todas las confesiones religiosas presentes en el pueblo. –Don Antonio era maestro jubilado y no había perdido el hábito de hablar para una concurrencia no muy culta. Por eso se giró y explicó para beneficio de los demás –Quiero decir que tenemos que estar, no sólo los católicos sino…

     -Ya sabemos lo que son confesiones religiosas, que no somos tontos  -puntualizó doña Sara, la lotera,  con un desdén mal contenido.  –Lo sabemos –remachó.

      -No me parece mala idea –opinó Benito. Cuanta más gente se metiera en ese fregado, más posibilidades de librarse del embolado. –Como hacen en el extranjero. Mi sobrino que está trabajando en Suiza…

     La palabra “extranjero” surtió un efecto balsámico sobre aquellos que ya estaban, índice levantado inclusive,  dispuestos a lanzarse  a por Benito y sus opiniones. La concurrencia se fue calmando a medida que la idea iba calando en sus mentes. Muchos trataban de recordar en qué película se había visto algo así. En una de Spielberg, desde luego –gesto de sorpresa de los nietos. ¿Por qué Spielberg? –Al  final lo dejaron por imposible y se centraron en lo que de verdad les importaba.  Después de  discusiones variadas, sugerencias  descabelladas y algunas ideas dignas de un cuento de Kafka, se llegó a la conclusión de que convenía hacer una reunión previa –nunca se sabe lo que puede salir de la mente de un protestante sugirió doña Elena que tenía muy mal yogurt – para aunar criterios. A partir de ahí, ya se vería. Don Elpidio, con la cabeza como un bombo, volvió a su casa con una lista de las cosas que tenía que decir en la reunión. Don Antonio hasta había subrayado algún que otro detallito, conocedor de la mala memoria del párroco.

     Tres días más tarde, un grupo de doce personas se sentaba alrededor de una camilla en el salón parroquial. Benito, el sacristán, brujuleaba por allí sin razón aparente pero sin perder ripio. Le preocupaba que don Elpidio no defendiera su derecho a acogerse a la ley del mínimo esfuerzo con el suficiente vigor. A la izquierda de don Elpidio se sentaba don Andrés, párroco de San Mateo, compañero de estudios en el seminario, un hombre rubicundo y socarrón del que nunca se sabía si hablaba en serio o en broma. Después venían las dos testigos de Jehová, serias, las dos con blusas blancas abrochadas hasta el cuello como  monjas seglares y zapatos con suela de goma gruesa. “Claro –razonó don Elpidio para su capote – como  andan todo el día de aquí para allá, deben gastar más zapatos que un cartero” A continuación, se sentaba un representante de la comunidad musulmana de la provincia. Don Elpidio no estaba seguro de si era un imán o algún otro cargo religioso. Esperaba que don Antonio, el maestro, sentado al lado del musulmán, lo averiguara y le informara de cómo debía dirigirse a aquel hombre maduro, de barba negra y poblada, que miraba a los demás con gesto arisco mientras pasaba las cuentas de una especie de rosario pequeño. Don Antonio  estaba en su elemento. Se  sentaba entre el musulmán y el rabino. Una especie de muro de contención, en palabras de doña Elena, que no entendía de política pero veía el telediario. Expeliendo  opiniones a izquierda y derecha y escuchándose a sí mismo, don Antonio se sentía feliz de haberse conocido. Al fin y al cabo,  suya había sido la idea de reunir a todos para un fin tan loable.  El rabino era bajito y muy delgado, tenía unos ojos negros penetrantes que parecían atravesar los de su interlocutor para mirar sin problemas  en su interior.  En ese momento,  pasaba de don Antonio y charlaba con el pastor Jones,  encargado de atender las tres iglesias evangélicas de la zona, que se sentaba a su lado. Jones, el pelo totalmente blanco y rizado, de cara regordeta, mejillas sonrosadas y ojos de un azul lechoso, tenía el aspecto de un bebé gigantesco  y pacífico. En aquel momento hacía un gesto con sus enormes manos como intentado abarcar la habitación. A su lado, dos jovencitos mormones –imberbes, paliduchos, encorbatados, con un cartelito en la solapa  en el que se podía leer su nombre,  y con aspecto de no pasar de los veinte años – estaba   un poco fuera de su ambiente en aquella reunión de personas que no bajaban de los sesenta. Pero, animosos, trataban de darle palique a doña Elena que, en su fuero interno estaba asombrada ante el elevado número de gente que no era católica. “¡Claro, así nos va!” razonó  para sus adentros. Miró hacia el pastor evangélico. A ése lo conocía a través de su nieto, un holgazán de siete suelas que por jorobar a su abuela –católica  de toda la vida – se había matriculado en las clases de religión evangélica.  El pastor la saludó con un gesto amable al que doña Elena se sintió obligada a responder con una media sonrisa. No fuera a suspender a su nieto. Con los profesores vaya usted a saber. Como le cojan manía a un alumno ya te puedes ir preparando. Y la verdad es que su nieto era un mangante de mucho pistón al que se le cogía manía enseguida. No había más que mirar su expediente académico, plagado de suspensos, cursos repetidos y expulsiones por un surtido de motivos que iban desde la mera gamberrada hasta las más refinadas maldades.

    Los carraspeos de don Elpidio fueron la señal de que la reunión iba a empezar.

  -Señoras, señores, un momento por favor. Todos saben ya para qué estamos aquí. Para unir nuestras fuerzas en beneficio de los más necesitados de la comunidad que, en estas fiestas de Navidad, que todos celebramos…

     -Perdón – puntualizó el imán con voz suave. – Todos no celebramos la Navidad…

    -Discúlpeme – don Elpidio comprendió que debía andar con pies de plomo.  -Quería decir que es una época de hermanamiento…

    -Sigue y no te trabuques. Todos entendemos qué quieres decir –afirmó don Andrés con tono desenfadado mirando a los demás. Todos asintieron.

    -Bueno pues lo que iba diciendo. Que en estas fechas todos pensamos de una manera especial en nuestros hermanos más desfavorecidos –asentimiento general. Don Elpidio se sintió respaldado y continuó con desparpajo –No podemos olvidar que somos hermanos en Cristo…

      El rabino lo miró con sonrisa socarrona. –Ahí vuelve a equivocarse.

      Don Andrés decidió dirigir él mismo la reunión en vista de lo poco afortunado que estaba su compañero esa tarde. Estiró el cuello, hizo un movimiento un poco raro con los hombros y se lanzó. –Lo que don Elpidio quiere decir es que en estas fechas se suelen celebrar mercadillos, rastrillos o como se les quiera llamar, con fines benéficos. Creemos que no sería mala idea que entre todos los aquí presentes llegáramos a un acuerdo y montáramos uno. Los beneficios se repartirían entre las iglesias aquí representadas y que cada uno ayude a sus fieles más necesitados.

    Los cabezazos afirmativos le dieron ánimos para continuar. –Tendríamos que puntualizar una serie de cuestiones, pero creo que, dado que todos estamos de acuerdo en  celebrarlo, la cosa no nos llevará mucho tiempo.

      Uno de los mormones levantó un brazo enteco y afirmó: -Tener buen lugar  piso nuestro para vender mercadillo.

     -¿Qué dice?  -la cara de doña Elena dejaba muy claro que no se había enterado de nada. La verdad es que entre el poquito español que hablaba el chico y el acento infame que tenía, la comprensión se volvía  más bien complicada.

       -Quiere decir que mercadillo poderse celebrar en piso nuestro. Centro del pueblo- terció el otro jovencito con sonrisa de compromiso y un español menos balbuciente.

      -Hay muchos sitios donde celebrar el rastrillo –afirmó, tajante  una de las testigos de Jehová. –Nuestro  Salón del Reino, sin ir más lejos.

       -O el nuestro –terció el pastor Jones que se sentía un poco apabullado.

        El rabino y el imán asintieron con gesto aliviado. Ellos no tenían tanto espacio como los cristianos pero preferían un sitio menos significativo que una iglesia católica. Por lo que ellos sabían, el Salón del Reino no era más que un piso, igual que el que los mormones o el pastor Jones acababan de ofrecer.

     Don Elpidio volvió a intervenir. –Ahora que ya tenemos dónde celebrarlo…

   -¿Dónde? –preguntó el rabino, con sorna. –Aún no hemos decidido entre las tres ofertas. –El imán asentía con gesto divertido.

    Don Elpidio estaba empezando a desear que se lo tragase la tierra. Miró, suplicante, a don Andrés. Éste volvió a tomar las riendas con su soltura habitual. –Eso puede decidirse por sorteo. No tiene porque ser un problema. Lo mejor es no estancarse en un punto o no conseguiremos nada. Propongo que pasemos  a otro tema, por ejemplo, poner anuncios en la prensa local y comentarlo durante los servicios religiosos  para que todo el que quiera done cosas para vender; organizar la recogida de esos donativos  o si pedimos que se entreguen  en las diferentes iglesias; alguien que se encargue de poner los precios, de transportarlo todo hasta el sitio elegido…

     El mismo brazo enteco de antes  se alzó cortando la enumeración –Perdona tú, pero no entiendo que son donativos. –El pastor Jones le cuchicheó un par de palabras en inglés. El jovencito sonrió e hizo un gesto de que ya podían seguir. La cosa estaba clara.  Don Elpidio, que no tenía su día, terció, dirigiéndose a las testigos de Jehová.

    -Ustedes podrían encargarse de recoger los donativos…

    -¿Por qué nosotras y no su sacristán? –preguntó una de las aludidas con un tono no precisamente amable. Benito estaba a punto de hablar de su lumbago cuando don Elpidio volvió a meter la pata.

     -Lo digo porque ustedes andan mucho por ahí, por las puertas, hablando con la gente y seguro que conocen a …

     El enteco volvió a la carga. –Nosotros vamos también a la calle mucho y podemos…

    El rabino puso un toque de sensatez. –Que cada uno se encargue de los donativos de sus fieles. Después lo juntamos todo y en paz.

      Don Elpidio agradeció el detalle y metió la pata una vez más. –Si necesitan ayuda, Benito irá a echarles una mano. Faltaría.

     Benito salió farfullando que si echaba una mano a algo, sería al cuello de don Elpidio. Se fue de la reunión, fingiendo una cojera muy pronunciada, a pedirle al médico de cabecera una baja por lumbalgia  aguda. ¡Que se fastidiara el párroco y, de paso, los del mercadillo! La reunión siguió a buen ritmo.

     -¿Quién se encargará de poner los precios? –quiso saber el pastor Jones. –Mi esposa podría ayudar.

     - Yo –afirmó, tajante, doña Elena, dándose una palmada en el pecho. –Tuve una tienda durante más de treinta años y de precios entiendo mucho. Y también puedo llevar las cuentas y…

     -¿Por qué no lo hace usted todo sola? –la  pregunta sonó como un disparo procedente de las filas de las testigos de Jehová.

     -Podría, no se crea usted que no –apuntó doña Elena, muy amostazada.

     Don Antonio, con tono untuoso, intervino. –No discutamos. Estas cosas…

     -Si estamos aquí es porque nos lo han pedido. Lo que no sabíamos es que teníamos que ponernos a las órdenes de esa señora –aclaró la testigo.

    -Desde luego no me extraña que les llamen protestantes. Todo el tiempo protestando por algo. ¡Qué barbaridad! –Doña Elena estaba como la Banca en tiempos de crisis. No daba crédito.

     Las dos testigos de Jehová se levantaron muy dignas, saludaron y salieron sin decir palabra. Los mormones escuchaban la traducción que el pastor Jones hacía de la trifulca entre las señoras. Uno de ellos se tronchaba de risa pero su compañero estaba muy serio. El pastor sonreía ante su gesto contrariado.

     Don Andrés terció para calmar las aguas. Algo difícil de conseguir.

    -Doña Elena, no me enfade al personal.

    Doña Elena se revolvió. –Yo  no enfado a nadie. Lo que pasa es que hay gente que viene enfadada de casa. Y así no se puede trabajar.

    -Bueno, mujer, pero todos quieren ayudar y usted no facilita las cosas. Hay que dominar el mal genio… –dejó   caer Don Andrés.

    -Don Elpidio, parece mentira que siga callado, cuando aquí me están faltando al respeto. Después de los años que llevo trabajando para la parroquia y usted me lo paga callando como un muermo. Pues si a usted no le importa que me insulten, yo no voy a consentirlo. Buenas noches –se dirigió hacia la puerta y, antes de abandonar el salón parroquial, se volvió -¡Ah! Por cierto. Vaya buscando a alguien que arregle las flores todos los viernes, que se ocupe del ropero, que… Bueno, que haga mi trabajo. Yo no pienso poner un pie en esta iglesia. Y tampoco en la suya –remachó mirando a don Andrés.

    Don Elpidio estaba como las protagonistas de una película de Almodóvar. Al borde de un ataque de nervios. Pronto comprendió lo que se le venía encima con la deserción de doña Elena. Repasó mentalmente todo el trabajo que ella hacía y fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Y así permaneció durante unos minutos. Oía voces desconocidas que no conseguían traspasar la barrera de su comprensión, embotada por la amenaza de  la irascible señora. Un codazo de don Andrés lo devolvió a la cruda realidad.

    -Venga, vámonos.

    Don Elpidio miró a su alrededor. Los dos sacerdotes se habían quedado solos.

    -¿Dónde están los demás?

    -Se han largado. Cada mochuelo a su olivo. Y con cara de cachondeo.  Bueno, las señoras muy cabreadas. No creo que vuelvan a reunirse para montar un rastrillo.

     -Y ahora ¿qué hacemos?

     -Olvidarnos del dichoso mercadillo de las narices. Convéncete, Elpidio. Ciertas ideas están muy bien sobre el papel. Pero, en  la realidad, siempre hay  al acecho una doña Elena que la fastidia. Anda –dio una palmada en la espalda a su anonadado amigo. –te invito a tomar un carajillo, que buena falta te hace.

   Y esa es la razón, niños, por la que no hay un rastrillo navideño en nuestro pueblo. Y colorín colorado, esta historia verídica se ha acabado.

    

     

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