Juzgado de ligereza nº 12

Publicada por Redacción Búscolu el 10/12/2017 20:24:01

Este nuevo año está yendo bien. Y en esta buena marcha tiene mucho que ver lo aprendido estas Navidades pasadas. Supongo que necesitaba algo como aquello, una visión retrospectiva y bien dimensionada de las cosas, un espejo comparativo que me permitiese contemplarme con distancia y objetividad. Y el reflejo me llegó como llega siempre la Navidad, tocando por sorpresa alguna fibra del corazón.

            Había vuelto a discutir con mi mujer por algo que ni tan siquiera consigo recordar. El caso es que yo nunca he llevado bien las discusiones, y por eso quise huir por el camino más fácil. Y lo más fácil era cambiar de aires, aunque fuera por unas horas. Pensé enseguida en salir de la ciudad para rodearme de un entorno distinto, algo que le pusiera otro marco a mi soledad de espíritu; como si cambiar el decorado pudiese cambiar el guion o la función a representar. Tenía ya el porqué y medio qué, tan sólo me faltaba el otro medio: planear algo que hacer allí para no limitarme a deambular como perro sin amo por alguna de las ciudades vecinas. Yo nunca fui de quedarme en lo más socorrido, soy amigo de la variedad. No gustándome beber, busqué otro pretexto en la páginas de relaciones de un diario provincial; las mujeres ya eran otra cosa. Encontré un teléfono anunciante de cita a ciegas y llamé para ver si podía concertarla sobre la marcha. Era una calaverada bastante artificiosa, lo sé, pero no quería quedarme en casa –aunque fuera sin discutir–, por más que la fría tarde de diciembre invitara a ello.

Para el cómo no quise sacar el coche del garaje, el transporte público era más ecológico y discreto. De modo que cogí el autobús, como cuando era joven y soltero y había excusa para la inmadurez. Era un trayecto corto y fácil por autopista, pero se ampliaba mucho con un extra de nostalgia que aumentaba con el recorrido. Cosa de veinte años atrás, solía usar esa misma línea de autobús para visitar a la novia de entonces, una morena blancuzca que había conocido en uno de mis primeros trabajos, en la antigua Seguridad Social, antes de las transferencias autonómicas. Confieso que también eso me ayudó a decantarme por el autobús, las posibilidades de evocación de su itinerario, el siempre productivo cruce de la memoria visual con la personal. La resultante dignificaba de algún modo la trastada del viaje. El autobús tardaba lo mismo en llegar que hacía veinte años, y es que los kilómetros que separaban ambas ciudades eran los mismos, al igual que la autopista y la limitación de velocidad para los autobuses. Lo que sí había cambiado notoriamente era el aspecto del pasaje del bus, así como el paisanaje de las inmediaciones de la estación, tan concurrida de extranjeros que casi desmentía la distancia cubierta y el destino alcanzado. Lo que era la estación de destino en sí, se me apareció mejorada por alguna reforma básica, aunque seguía siendo pequeña y oscura, desangelada como una Navidad sin otras Navidades ni turrón familiar que las reuniese.

Acudí a la cita despreocupado en cuanto al casi seguro desfase de las promesas y las imaginaciones con la realidad, consciente de que sin duda ya habría quedado con peores mujeres y en peores circunstancias. En eso sí había madurado y aprendido, a la hora de creerme los cuentos que pudieran contarme; yo ya no era casi nunca el que fui, afortunadamente para mí. No obstante, hoy había decidido contar alguno yo. Tenía intención de volverme completamente irresponsable por un día, y me inventé una vida alternativa lo más rápido que pude. De tanta improvisación no podía salir ni una sola verdad, claro, pero qué podía importar en aquel contexto de simulación sostenida. Siempre había sido un pésimo actor y eso no iba a cambiar en un solo día de arrebato o de inspiración. Tal y como imaginaba, la mujer era aun menos atractiva de lo que prevenía su anuncio, aunque tampoco me importó, pues no pensaba casarme también con ella. En la cafetería del encuentro tomamos café y nos seguimos el juego por una hora larga repleta de faroles que no iluminaban más que la puerta de salida. Me sentí aligerado afuera, paseando libre de imposturas mi yo verdadero y mi soledad por las calles de la ciudad vecina, sintiendo sobre mis pasos un frío oxigenante y retrospectivo. Se me vino a la mente el nombre de mi antigua novia local –Cristina–, y si bien nunca había vuelto a saber de ella, me  hubiera gustado homenajearla entrando en el cine al que íbamos entonces, ahí cerca del ayuntamiento, en tantas y tantas tardes de domingo, tan frías como aquella –si bien menos solitarias–. Pero el cine ya no estaba en el sitio que le guardaba mi memoria, se lo había expropiado la vorágine incierta de los tiempos actuales. Además de contemporáneo, era un mal común: en todas las ciudades habían ido desterrando los cines al extrarradio, quizá tratando de acorralar su propuesta de refugio tradicional. Ahora la función era otra, más comercial, más matemática y previsible: había una sucursal bancaria ocupando el antiguo emplazamiento del cine. Noté entonces de golpe el frío en la cara y una especie de encogimiento por dentro que no sabría o no querría explicarme del  todo. Seguí andando y compré castañas asadas en un puesto callejero. Por alguna megafonía municipal sonaba música navideña y las calles se me iban iluminando al recorrerlas; había luz y yo ganaba en calor a cada paso, cruzándome con gente desconocida que iba y venía por entre el adoquinado y las notas de los villancicos con pasos de postal animada. Apenas unas salpicaduras de nieve hubieran podido hermosear más la estampa, pero había para solazarse un tanto. Caminé imbuido de esencia navideña hasta sentir un abrupto vacío en el estómago contrapuesto con la recarga del corazón. Entré en una cafetería que conocía para merendar algo. Solía ir mucho con Cristina durante aquel confortable invierno que duró lo nuestro y me gustó volver, tanto tiempo después, sin ella pero con su recuerdo alentado por el café con bollo dulce; y por la sobriedad del mobiliario; y también por las paredes amarillas con carteles de cine que aún decoraban el interior. En la televisión había fútbol y me puse a mirarlo por unos instantes distraídos. Quiso la casualidad que en aquel preciso instante se girase de espaldas en un primer plano uno de los jugadores, permitiéndome leer su nombre escrito en la camiseta: Albite. Cuando salía con Cristina también jugaba un Albite en otro partido lejano, televisado en la misma cafetería. Ese Albite posiblemente fuese hijo o sobrino de aquél. Además de negocio mundial, el fútbol también era patrimonio local y doméstico, dinastías y relevos generacionales que mantenían el balón rodando. Yo no tenía hijos que heredaran mi apellido, así que nunca los vería patear balón ni en televisión, ni en el barro amateur ni en ninguna otra parte. Ese pensamiento me desasosegó un poco, todavía no entiendo por qué, sería lo atípico del día o la especial sensibilidad navideña, también expuesta a flor de piel por algún oculto mecanismo de la memoria.

Al volver a la estación  me sentí –no sé si por algún tipo de mímesis– también pequeño y oscuro, como si se me hubieran fundido de golpe todas las luces encendidas a lo largo de aquella incursión por el pasado. Me invadía un apremio urticante y extraño, que me hacía desear poder adelantarme en el tiempo. De pronto quería llegar a casa cuanto antes, aun antes de la salida del autobús que me había apartado de ella.

Fue entonces cuando lo vi. La misma cara de roedor, con la agria mueca imperturbable, la silueta negra de siempre, la que junto a su solitario diente le valió el apodo del Diente Ermitaño –un único diente que rara vez asomaba para hablar y jamás para reír–. Además, su oreja deforme lo hacía inconfundible. Aunque por poco tiempo, habíamos llegado a trabajar juntos en la Seguridad Social, al igual que con Cristina, temporalidades ocasionales concurrentes. Puede que hasta hubiéramos coincidido los tres al mismo tiempo, aunque al Diente le perdí la pista antes que a Cristina. Y sin embargo ambos volvían a la vez conmigo a la ciudad cercana y olvidada en el pasado. Aquella parecía tarde de reencuentros, fuesen estos producidos a pie de calle o por los callejones más selectivos de la memoria. Incluso Diente iba a subirse al mismo autobús que yo; después de tanto tiempo volvían a coincidir nuestros caminos. Ahí estábamos los dos, a  la espera del conductor, lo mismo que todos los pocos valientes que aguardábamos medio helados en el andén; en verdad que no hacía tarde para excursiones. El Diente Ermitaño se mantenía impasible, con el aire abstraído de siempre, recluido en el aislamiento misántropo que le había procurado tan poco grato apodo. Dudé si saludarlo o no, posiblemente no me recordaría, había pasado mucho tiempo –tanto, que aquel era otro tiempo, en el sentido más amplio– desde la última vez que nos vimos. Me quedé mirando su perfil poco agraciado; no, no había cambiado apenas; quizá porque ya había tocado fondo entonces. Eso tenía que ser, Diente tenía que tener la estabilidad asentada en el fondo, de ahí su apariencia inmutable. Finalmente me acerqué para saludarlo, fiando a su memoria o a sus ganas que reconociera mi aspecto sí bastante transformado por las acciones y omisiones de los años.

Me era imposible recordar su nombre real, y llamarlo por un apodo tan peyorativo no anticipaba ninguna concordia, de modo que opté por abordarlo preguntándole si cogía el autobús por tener turno de noches en el hospital provincial donde coincidimos trabajando. Tras un momento de sorpresa, Diente me reconoció y farfulló algo con su voz desgastada y reticente. Llegó en eso el conductor y nos abrió la puerta al fin. Diente subió y se sentó en primera fila. Yo, por sentido de la prudencia, me senté en la fila de detrás; de ese modo podría haber conversación si él se avenía a ello, pero al mismo tiempo guardando las distancias para no incomodarlo. Estuvimos así un rato, él girado de cuando en cuando hacia atrás y yo adelantándome para mantener algo parecido a una charla. Debió de cansarlo la postura o no encontrar tan malo un poco de comunicación exterior, pues me invitó a sentarme en el asiento contiguo al suyo. No me sorprendió del todo el gesto. Además de las previsibles molestias por torsión cervical, conmigo era de los pocos compañeros con los que Diente se hablaba, quizás por mi juventud de entonces o por cualquier otra razón que se me escapase al entendimiento. Comprobé que seguía combinando enlaces imposibles del transporte público para desplazarse, nunca había tenido vehículo propio y su cojera tampoco lo ayudaba a una movilidad autónoma. No trabajaba ya, ni en la Seguridad Social ni en ningún otro sitio. Echando cuentas, lo habíamos dejado casi a la vez. Él, al igual que yo, se encontraba retirado del puesto por una incapacidad. Su cotización escasa sólo le había alcanzado para una módica pensión no contributiva, aunque seguía reclamando un aumento en los juzgados. Los juzgados, qué raro. El Diente Ermitaño era famoso por su afición a las demandas, había dejado constancia de ello muchas veces en su breve andadura laboral, amenazando y reclamando por escrito a diestro y siniestro a la menor ocasión que se terciara. Me contó que estaba planeando denunciar a los sucesivos cirujanos que intentaron recomponerle ­–sin mucho éxito, era evidente– la oreja. Incluso quería denunciar al Gobierno por no haberle subido la pensión en la medida prometida, según me contó con algo parecido a una sonrisa que desveló su único diente característico. La verdad era que el Diente Ermitaño denunciaba a todo el mundo. Denunciaba tanto, que hasta me entró la duda de si en su momento no se habría tirado también intencionadamente al coche que lo dejó tan malparado en su día sólo para denunciarlo después. Qué personaje. No había cambiado nada en estos años, seguía igual de huraño, viviendo solo en un cuchitril de alquiler ínfimo por un andurrial circunvecino, y viéndose con la familia que le quedaba solamente en los tribunales, lejos, muy lejos de cualquier Navidad. Según me dijo, ahora pleiteaban por una mísera herencia. No me costó imaginar la situación descrita, la solitaria cuesta debajo de Diente, sin dirigirse la palabra ni con su propio hermano, la detestada cuñada malmetiendo más leña al fuego, el incrementado y ardoroso odio mutuo a tres bandas donde hasta una tregua navideña se hacía impensable.

Al apearnos en la estación le deseé una Navidad feliz en lo posible, y suerte para el año viniente, la suerte que yo había tenido, sobremanera en comparación con él. Diente Ermitaño gruñó algo parecido a una conformidad, a un agradecimiento incluso, y al momento lo vi alejarse con la pierna a rastras, camino de cualquier refugio para su soledad invariable. Una soledad que, sin él saberlo, obró el empequeñecimiento instantáneo de la mía propia, la que dejé de sentir aquella tarde final del año que se consumía sin rechistar.

De vuelta a casa continué pensando en la suerte, esa suerte dispar que invitaba a recapacitar y a hacer balance vital al cabo de la partida de doce meses próxima a expirar. Me di cuenta de las coincidencias con Diente Ermitaño más allá del autobús de cercanías. Ambos sosteniendo nuestras incapacidades con una pensión –la mía algo mayor por ocasionarla un accidente laboral–, los dos viajando como podíamos por el tiempo que nos había tocado vivir, contemporáneos y extemporáneos a la vez. Recordé también algunos excompañeros fallecidos y me alegré de no tener que contar a Diente Ermitaño entre ellos, después de todo la vida siempre era una oportunidad. Y las oportunidades en la vida podían surgir por bifurcaciones del camino o por ciertos cambios de sentido, lo determinante era abrazarlas con fe.

Llegué a casa justo para cenar. Había canelones. Siempre me gustaron mucho los canelones. Le di un silencioso beso en la frente a mi mujer y sellamos la paz. Fue un espontáneo y buen ensayo general para la cena de Nochebuena. No había sido una tarde perdida, después de todo. Me fue dado vivir un impagable reencuentro conmigo mismo en la memoria. Y aún disfruto de la tregua concedida merced al beneplácito de aquella ciudad, ni tan olvidada ni tan alejada como mi larga ausencia hubiera podido indicar. El quién protagonista se había ido trasladando de la desdibujada mujer de la cita a Diente Ermitaño, para terminar en mí mismo, alentándome a seguir camino. Cosas que hacen especial el duodécimo mes del año, el del cierre que anticipa la apertura.

Pienso ahora en aquella tarde y me veo sentado en el autobús junto a Diente; no tanta la diferencia de edad, mucha más de suerte, visto lo visto  y recordado lo visto con anterioridad, en el breve periodo de coincidencia laboral. Casi tan breve como la juventud y como la duración de un viaje entre ciudades vecinas. La suerte influía mucho para todo, y aunque a veces yo me quejase tanto de la mía, todo seguía igual que siempre: siendo bueno o malo por comparación. Muchas veces había que darse cuenta de cómo estaba el vecino para valorar la realidad propia con más justicia, juzgando con propiedad y perspectiva.

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