Por Pablo Álvarez, en La Nueva España

Elisa Seijo Zazo (Oviedo, 1976) estudió Medicina en la Universidad de Oviedo, por la que es también doctora en Psiquiatría. Desde 2013, es responsable clínica de la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica Infanto-Juvenil del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). Autora de varios artículos especializados, ha participado en diversos proyectos de investigación. Es la actual presidenta de la Sociedad Asturiana de Psiquiatría y vicepresidenta primera del Colegio de Médicos de Asturias. Mañana, jueves, ingresa en la Real Academia de Medicina del Principado de Asturias, como miembro correspondiente, con el discurso titulado “Psiquiatría de la infancia y adolescencia: Desarrollo de una nueva especialidad”. El acto tendrá lugar en el salón de actos del Colegio de Médicos (plaza de América 10, Oviedo), a partir de las 20.00 horas.

–¿Qué está pasando con la salud mental de los niños y jóvenes?

–Hay mayor conciencia sobre la salud mental y su importancia, lo que incluye también a la gente más joven. Actualmente, detectamos cada vez primero los problemas de salud mental porque hay una mayor concienciación e implicación tanto en los profesionales como de los educadores, profesores y de la sociedad en general. En cuanto a los menores, las cifras de la OMS son demoledoras: aproximadamente el 20 por ciento de los niños y adolescentes del mundo tienen trastornos o problemas mentales. Cerca de la mitad de estos trastornos mentales se manifiestan antes de los 14 años y más del 70 por ciento de todos los trastornos mentales comienzan antes de los 18 años. Se estima que una quinta parte de los adolescentes menores de 18 años padece algún problema de desarrollo emocional o de conducta, y que uno de cada ocho tiene en la actualidad un trastorno mental. Queda claro que tenemos mucho que hacer.

–Tal parece que se haya debilitado el sustrato psíquico de las personas o que hayan arreciado los factores que atentan contra él.

–Como pasa muchas veces, no hay solo una respuesta correcta a esta pregunta. Estamos viviendo tiempos de mucho cambio. Y, como decía antes, hay mayor conciencia sobre la salud mental y su importancia, pero también es cierto que hay menos recursos, no solo a nivel socioeconómico sino también de gestión emocional. Por un lado, la sociedad vende la necesidad de estar contento y feliz: esta felicidad enlatada de frases fáciles. Por otro, es cierto que las cifras de la OMS son rotundas.

–¿Cómo ha incidido la pandemia de covid?

–En la postpandemia estamos asistiendo a un incremento exponencial en la demanda de atención especializada en salud mental de niños y adolescentes. Estas generaciones han visto cómo en los momentos de mayor cambio para la persona, que son la infancia y la adolescencia, no tenían apenas marco de referencia, ya que todos estábamos inmersos en una gran incertidumbre global, con una sociedad en precario. Esto hace que su desarrollo a nivel mental haya sufrido carencias que les hace más proclives a gestionar peor sus emociones y, por tanto, a desarrollar trastornos mentales en aquellos casos con vulnerabilidad.

–¿Qué se ve en las consultas y unidades hospitalarias?

–Que los jóvenes, a veces, encuentran dificultades para diferenciar lo que son problemas mentales de emociones normales ante situaciones adversas. Hablo de tristeza frente a una pérdida, ansiedad frente a un examen, inquietud y frustración si no se logran los objetivos propuestos, ansiedad ante una discusión, tolerancia a la incertidumbre, demora ante la gratificación, asunción de decepciones…. Todo esto se magnifica, además, a través de las redes sociales, donde se fomenta una inmediatez imposible de gestionar en la realidad.

–¿Son los padres de ahora peores educadores que los de antes a pesar de estar teóricamente mucho mejor preparados?

–Afirmar algo así sería echar piedras sobre mi propio tejado, así que no lo haré (risas). Los padres son el eje central y más precoz de influencia sobre el niño. Se considera que el núcleo familiar es el mayor promotor del desarrollo personal del niño, tanto a nivel físico como a nivel psicológico y social. Creo honestamente que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, los padres son “suficientemente buenos”, como decía Winnicot, pero que en muchos casos las circunstancias sociales no ayudan.

–¿Hay que decir a los padres cosas que quizá no les gustaría oír sobre la educación de los hijos?

–Cuando alguien está muy metido en un problema, o incluso forma parte de ese problema, es muy difícil ver las cosas con claridad. A veces, el poder dar una visión general en espejo, sin prejuicios ni juicios de valor, ayuda a poder modificar algunas actitudes que pueden estar influyendo en una alteración de la dinámica familiar y, por tanto, entorpeciendo el proceso de educación de un hijo.

–¿Existen demasiadas interferencias externas en la educación de los hijos?

–No sé si “demasiadas” es el adverbio más exacto, pero sí es cierto que a veces nos sentimos bombardeados por opiniones vehementes tanto a favor como en contra de algún tema y esto hace que nos cueste seguir una línea propia. Es difícil mantener el rumbo cuando de una manera habitual se nos intenta manipular en uno u otro sentido. Hay que tener un espíritu muy crítico.

–Antes hablábamos de la pandemia…

–La demanda de consultas en Salud Mental se ha multiplicado en todas las edades tras pasar las primeras olas de la pandemia. Pero, a lo largo de este tiempo, cada vez se ha puesto más de manifiesto la repercusión de la pandemia en los niños y adolescentes; un grupo de población que en un principio había pasado desapercibido, aparentemente muy adaptado a las circunstancias que tocaban vivir. Además, durante la pandemia, los niños y adolescentes se han mantenido aislados, en una época de sus vidas en las que el contacto social es fundamental, favoreciéndose por tanto el uso de redes sociales de manera indiscriminada, con sus luces y sus sombras.

–¿De qué manera inciden el sistema educativo y el conjunto de la sociedad?

–El papel de los educadores, junto con el de los padres, es básico. Los niños pasan la mayor parte del día en el colegio, por lo que en su desarrollo es muy importante una buena adaptación escolar y un clima que favorezca su crecimiento, en el sentido más amplio de la palabra. La prioridad pasaría por mejorar las condiciones socioeconómicas de la población mediante programas multidisciplinares, en colaboración con los Servicios Sociales. También intervenciones en la infancia precoz junto con los servicios educativos, creando entornos estables de desarrollo tanto a nivel físico como emocional, que le den apoyo y estimulen su progreso. Y una tercera línea sería impulsar actividades de promoción de la salud mental en la escuela, programas de prevención de la violencia y consumo de tóxicos entre los adolescentes…

–¿Se puede contribuir a mejorar el panorama desde fuera de las familias, como simples ciudadanos?

–Tanto dentro de la familia como fuera de ella, en el entorno escolar o de ocio, es fundamental mantener un cauce de comunicación fluido, de modo que, estableciendo un marco y unos límites claros dentro de los cuales se moverá el niño el adolescente, se mantengan abiertos todos los canales para que, ante las primeras señales de que algo está pasando, seamos capaces de reaccionar de manera conjunta.

–¿Qué herramientas hay que dar a los propios niños y jóvenes?

–Debemos poner nuestro empeño en prevenir la buena salud mental, con herramientas que les faciliten una adecuada gestión emocional. Se trata de educar a los niños en la identificación de emociones y de enseñarles a cuidarse tanto a nivel físico como emocional. Por una parte, manteniendo el cuidado básico necesario: no saltarse las horas de comida ni de descanso, dormir y descansar de manera regular… Por otra, instruirles en la autoobservación de las propias emociones y facilitarles el pedir ayuda en cuanto se detecten signos de afectación a nivel emocional, igual que lo hacemos a nivel físico en cuanto sentimos alguna molestia.

–¿Cómo debe influir la creación de la nueva especialidad en la atención que reciben los pacientes jóvenes?

–Hasta ahora, en España, el abordaje de la enfermedad mental en la infancia y adolescencia estaba incluida dentro de las competencias de la especialidad de Psiquiatría. Pero la calidad de la atención ofrecida en cada comunidad autónoma dependía inevitablemente de la formación particular de cada profesional, y no se establecía mediante una formación reglada y estandarizada en el campo infantil y juvenil. A través de la creación y dotación de la especialidad de Psiquiatría de la Infancia y Adolescencia se consigue la necesaria homogeneización en la atención y formación de profesionales.

–¿Y esto se plasmará en…?

–Por ejemplo, en garantizar la identificación precoz y el tratamiento eficaz y de calidad, bajo el fundamento de equidad en salud. Esta es, a mi juicio, una de las principales implicaciones que tiene la creación de la especialidad. Otro gran reto consiste en contribuir a desestigmatizar de una vez los trastornos mentales y la psiquiatría en los más jóvenes.

–¿Se hace necesario dotar de más recursos al sistema sanitario público en este campo?

–En la situación que se está viviendo en este momento en todo el país, con un importante incremento de la demanda de atención por parte de esta franja de población y sus familias, creo que es acuciante un incremento en la dotación humana de los equipos asistenciales y el desarrollo de los dispositivos específicos, que son claramente insuficientes para la demanda existente en este momento y la que se prevé.

–Usted es hija de médicos. ¿Qué les debe desde el punto de vista profesional?

–Desde pequeña, he vivido el sacrificio que conlleva la dedicación a la medicina. Ser médico no es solo una profesión, es una manera de vivir. Mis padres me han enseñado siempre desde el ejemplo y me han orientado desde el cariño. ¿Qué más se puede pedir?

–¿Le resulta difícil no llevarse a casa las vivencias, esas situaciones tan problemáticas, de su trabajo cotidiano?

–Hace tiempo que dejé de luchar con eso de no llevarse a casa las cosas. Como he dicho, me educaron en que ser médico no era solo una profesión, sino una manera de vivir. Hay casos que llevaré siempre dentro, algunos con tristeza y otros con mucho orgullo de ver cómo han conseguido salir adelante. De lo que no cabe duda es de que, con todos y cada uno de ellos, hay una parte de mí misma que también ha cambiado. No entiendo mi profesión de otro modo.

–¿Se siente impotencia cuando se constata que poco se puede hacer ante un problema grave?