Bien lo pueden comprobar en esa antigua semeya que les muestro ahí, de ese hombre bien cómodamente sentado en esa especie de catamarán casero que no sería de extrañar que hubiera salido del taller de algún madreñeru de por ahí.

Como ven, hasta los años 70, la ría llegaba hasta el mismo borde de lo que hoy es la carretera de acceso a la playa.

En aquellos años, la zona se rellenó con cientos de camiones de escombros procedentes de las minas de Caravia, alterando drásticamente el cauce. Esta actuación tuvo importantes consecuencias para el equilibrio natural del ecosistema, en favor de una política turística que buscaba disponer de un amplio aparcamiento junto a la playa.

En fin, cosas del progreso, dicen unos; un gran error, dicen otros. Y es que compaginar adecuadamente las necesidades de los nuevos tiempos con el debido respeto a la naturaleza y los ecosistemas resulta, en ocasiones, más que dificultoso.

Ahí tienen la semeya, obra esta vez del afamado retratista ovetense Celso Gómez Argüelles, que en su día caleyó bastante por estos lares.