Emilio Muñiz ex presidente de la Asociación de Vecinos de Cimadevilla. Premio «San Pedro» 2007. Hace más de medio siglo, cuando tenía unos quince años, comenzó Emilín a trabajar, como aspirante a delineante, en el estudio del arquitecto Antonio Álvarez Hevia, en el número 1 de la calle Celestino Junquera, en donde años después pondría su despacho de abogada la actual alcaldesa de Gijón.
Ocupó entonces Emilio el taburete que había dejado vacío el gran pintor Antonio M. Suárez. Poco después, ocupaba yo el que había dejado vacío ese otro gran pintor: Joaquín Rubio Camín. Ambos artistas se habían ido juntos, en busca de otros caminos.
Así conocí a Emilio, hacia el año 1949, cuando él comenzaba a aprender su oficio de delineante y yo a hacer méritos y a prepararme para arquitecto, sueño que no conseguí, por oposición paterna. Emilio ya era entonces un buen chaval, tranquilo, trabajador, siempre dispuesto a ayudar a todos los que tenía a su alrededor.
Varios meses con Emilio, codo a codo, hombro con hombro, con el tiralíneas, el compás y la bigotera, cuando todos los planos se hacían a mano. Juntos en un proceso de aprendizaje, en un estudio en el que José Manuel ejercía su autoridad sobre Rodolfo, José Luis, el otro Carlos, etcétera. Emilio y yo hacíamos de pinches. A Correos, a los bancos, al Colegio de Arquitectos, a Planoscopia; recaderos para todo, entre línea y curva de tinta china.
Un chaval de Cimavilla que quiere hacer las cosas bien. Eso sigue siendo Emilio, ahora, como de niño. Un hombre ahora que debe servirnos de ejemplo a todos, por su desinterés al ayudar a los demás sin esperar nada a cambio.
No estoy de acuerdo con Emilio cuando dice que no se merece este premio. Se lo merece de sobra... y muchos reconocimientos y homenajes más. Muchos políticos, encumbrados, con grandes sueldos, deberían seguir los pasos y la trayectoria de Emilio, que dedicó su vida a trabajar por su Barrio Alto, sin ruido, sin manifestaciones, sin enfrentamientos, con diálogo con todos, sin que nadie supiese a qué partido votaba.
Muchos lo consideraban el «alcalde de Cimavilla», porque, en la Casa del Chino, antiguo Ayuntamiento de la Villa, actuaba como presidente de la Asociación de Vecinos «Gigia». Incluso, en algún acto semipúblico, se dirigió a la Alcaldesa como «colega», ya que ella era la regidora de «Bajovilla», mientras él lo era de Cimavilla. Mapi le siguió la broma.
Estos días se habla de que Emilio consiguió la pavimentación de las calles de todo su barrio. Se habla de las muchas obras urbanísticas que promovió. Se seguirán mencionando acciones y logros, pero lo importante es la forma en que trabajó: sin lucimiento, sin pedir nada a cambio, sin autobombo. Eso es lo destacable en su trayectoria
Si los políticos de todo el mundo actuasen como Emilio, habría mejor convivencia.
Porque es necesario que se vean los problemas y se busquen las soluciones, sin luchas partidistas ni pérdidas de tiempo en enfrentamientos.
CARLOS ROCES
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