Nochebuena en la Tierra de Nadie - IV Concurso de Relatos Navideños

Publicada por Pressy el 13/12/2015 22:48:22

Relato participante en el concurso

En algún lugar recóndito de Bélgica donde nadie quería estar se empezaron a oír unas voces que cantaban Blanca Navidad en alemán. Hacía dos horas que había anochecido y era Nochebuena. Se fueron sumando voces al villancico y ya se podía escuchar a lo largo de varios quilómetros del frente.

Cien metros al oeste del frente alemán empezó a sonar el adeste fideles, esta vez cantado en inglés. Esta noche los dos bandos enemigos se ametrallaban con estrofas de canciones navideñas. Una vez acabaron los ingleses, se le sumaron los alemanes y cantaron la misma canción al unísono, esta vez en latín.

- ¡No vamos a disparar! ¡Es Navidad! - se oyó una sola voz desde el bando alemán.
- Voy a salir y hablamos.- dijo la misma voz.

Una voz en inglés se oyó en el campo de batalla asegurando que nadie dispararía. Segundos después, una sombra salió de entre las trincheras y con los brazos en alto empezó a cruzar las innumerables hileras de alambradas y campos de espino que protegían las trincheras alemanas. Fue caminando lentamente, procurando no tropezar ni caerse, los cadáveres de soldados ametrallados para los que se les había acabado la guerra estaban esparcidos por doquier. Allí estaba Klaus retorcido entre el espino con más agujeros que un colador, llevaba tres días muertos, olía fatal. Pero la sombra fue avanzando hasta llegar a la Tierra de Nadie.

Los Generales, los políticos y todos aquellos que dirigían los hilos de esta guerra, que por cierto, ninguno de ellos estaba ahí en ese momento, ni en ningún otro, confiaban que la guerra acabaría por Navidad y por ello en los últimos días se habían redoblado las ofensivas y bombardeos por ambas partes. Hacía siete días que los combates eran intensos que no habían tenido tiempo de retirar los cadáveres aun. La Tierra de Nadie era una auténtica masacre, llena de soldados muertos descomponiéndose en el barro y el lodazal.

Josef seguía avanzando rumbo a la trinchera inglesa entre los cráteres de la artillería inundados por las lluvias. Probablemente cuando estuviera cerca de las alambradas inglesas recibiría un tiro en la frente, pero ¡Que demonios! Llevaba seis meses en esa maldita guerra y esa noche era Nochebuena, nadie quería estar  en ese maldito agujero lleno de barro y ratas esperando a que un tommy le pegara un tiro o volar por los aires por la artillería enemiga o amiga, que fallaba más de lo que podría parecer. Ya no tenía miedo, Josef quería ver algo de humanidad en toda esa maquinaría diabólica y deshumanizada en la que se había convertido aquella guerra.

Josef se paró a pocos metros del espino de los british, alzó las manos en alto y gritó lo más fuerte que pudo:
-  Frohe Weihnachten.
-Merry Christmas- se oyó desde la trinchera enemiga.

Minutos después, la mano de Josef entrechocaba la de George. Se volvieron a desear feliz navidad los unos a los otros y decidieron que aquella noche y al día siguiente no debían abrir fuego los unos contra los otros, era Navidad, el pacto quedó sellado con un intercambio de cigarrillos.

La tregua de Navidad había empezado. Ambos bandos pudieron recoger todos los cadáveres que habían quedado en la Tierra de Nadie desde hacía una semana para darles cristiana sepultura. Gracias a ello, pudieron rescatar algunos heridos que quedaron en la Tierra de Nadie como es el caso de como John Sykes, del regimiento real de Warwickshire, un joven de Norfolk que pudo salvar la vida a costa de perder una pierna que le fue amputada.

Una vez acabado con la recogida de muertos y heridos, los pocos árboles que habían sobrevivido a los morteros y obuses se fueron iluminando con velas que encendieron los soldados, al poco, el frente de quilómetros estaba iluminado por cientos de árboles de navidad improvisados. Bajo esas luces Tommys y boches se encontraron cara a cara sin un fusil en sus manos, estrechándose las manos como hicieran Josef y George un rato antes. Los villancicos sonaban en inglés y alemán indistintamente, se intercambiaron barriles de cerveza por botellas de whisky. Soldados rasos como oficiales de ambos bandos pasaron la noche sin que se oyera disparo alguno.

A la mañana siguiente, ambos bandos se encontraron nuevamente en la Tierra de Nadie, rápidamente pactaron que la tregua continuaría durante el día de Navidad. George y Josef  desayunaron juntos y hablaron de sus vidas más allá de la guerra. El primero era contable en la City y estaba prometido con una tal Susan mientras que el segundo era panadero en un pequeño pueblo de Baviera, estaba casado y tenía una hija. Esperaban no volver a encontrarse cara a cara pasada la tregua.

Alguien hizo un balón de fútbol con trapos y ropa y se organizó un partido Alemania- Inglaterra. Ni duró noventa minutos ni jugaron once contra once y aunque ganó Alemania por tres a dos, a nadie le importó el resultado. Alguien trajo una silla y realizo cortes de pelo gratuitos en el que alemanes e ingleses eran aceptados de buen grato como clientes.

Suena “It's a long way to Tipperary” mientras las tazas metálicas llenas de cerveza son alzadas y chocan las unas con las otras, para después dar paso a la canción favorita de los Fritz: Yo tenía un camarada.  La comunión y  hermandad es total en ambos bandos. A lo largo de las decenas de quilómetros en los que se sitúa el frente, los enemigos se intercambian las direcciones y se hacen fotos de recuerdo. La gran mayoría de ellas no llegarán a ser enviadas.

A altas horas de la noche, los soldados vuelven a sus trincheras respectivas, llevan más de veinticuatro horas sin que se haya oído ningún disparo o cañonazo, ha sido una tregua  hecha por los soldados, cansados de tanta guerra sin sentido. Ningún general, ni presidente de la república ni canciller ha tenido nada que ver en estas horas de paz y confraternización.

Josef y George se vuelven a dar la mano nuevamente, se desean la mejor de las suertes y que puedan volver a sus casas sanos y salvos. Por dentro, rezan para que no tengan que encontrarse de nuevo, cara a cara, con un fusil entre las manos.

Así es como fue la Navidad de 1914, cerca de Ypres, en Bélgica, en pleno epicentro de la Gran Guerra. Los altos mandos y generales, de ambos bandos, ya se encargarían que no volviera a haber una navidad como la última que tuvieron en vida el panadero Josef y el contable George.

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