Al lado de buena parte de los personajes, personajillos y personajetes que aparecen en este retablo, José Ángel Fernández Villa es una hermana de la caridad

El curso del Caso Villa empieza a recordarme el peculiar comportamiento de numerosos alemanes que nada recordaban de lo sucedido en aquel gran país durante la Segunda Guerra Mundial en relación con los tristes episodios que se vivieron en tan terrible época. ¡Qué banda señores! Que Javier Fernández, nuestro presidente, haya ejecutado a José Ángel Fernández Villa al amanecer, tras reunirse con el portador de las noticias, el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, y Gabino de Lorenzo, íntimo colaborador durante años del sindicalista ejecutado, con el que compartió intermediario chinito hasta en la sopa de tallarines, es el mejor comienzo de la película.

Recuerden en qué trabajaba el presidente Javier, también íntimo de Villa, antes de “liberarse” del trabajo en 1996. Javier, que fue Director General de Minas con Víctor Zapico, gerente de La Camocha procesado en el escabroso caso inconcluso del negocio de robar a lo bestia a cuenta del fraude del carbón -no es momento de contar aquí por qué le odia Juan Luis Rodríguez-Vigil, mister Petromocho que de aquella tuvo que dimitir como presidente del Principado-, era, ¡agárrense!, inspector de minas en la Consejería de Industria, con lo que pesetita a pesetita consiguió avecindarse en la parroquia gijonesa de Somió, desde donde derrama sus lágrimas de insensible cocodrilo del Zambeze.

El presidente Javier, cuando el ministro Fernández le contó que tenían pillado a Villa, dijo inmediatamente que no podía resistir la vergüenza, y le disparó una SmithyWesson en la región occipital. Mientras se limpiaba las salpicaduras, sus sicarios, empezaron a enviar a la TPA dossieres sobre los hijos de Villa y sobre sus bienes inmuebles, para completar el cuadro mafioso con la célebre melodía del perfume embriagador de fondo. Ya ven el juego que da el flashback. Vigil habló en La Nueva España de dos personajes fundamentales para entender el Caso Villa, el chinito mandarín -así le llamaba el propio José Ángel- de Gabino y el mismo Zapico que vive metido en un búnker a la espera de sentencia por La Camocha y nos entretienen contando las hazañas del golfista Laudelino Campelo (¡Ay, Campelín, Campelín!).

¡Vale! Volvamos al presente. Que Gaspar Llamazares, uno de los más sobresalientes y descarados cínicos de la política española, pida ahora que se investigue al Instituto del Carbón, cuando él personalmente expulsó de Izquierda Unida a Antón Saavedra cuando éste acusó a Villa públicamente, ya en 1996, de financiar al sindicato con prácticas desviadas, da la medida de la enorme desvergüenza que se oculta tras la operación de inteligencia que ha puesto ahora en marcha el PPSOE para liquidar al viejo sindicalista, enfermo y acorralado por la evidencia del dinero negro que parece haber aflorado en una trampa para caimanes, enterrándole bajo un montón de basura donde chapotea una enorme maraña de sinvergüenzas.

El PPSOE quiere cargar sobre las deterioradas espaldas de Villa veinticinco años de basura carbonera, la misma que intentó destapar Saavedra, expulsado de todas partes, y fundamentalmente maldito por la izquierda, en una Asturias que tuvo en la tortuosa investigación de la trama del carbón de importación y la agónica judicialización del fraude masivo de La Camocha, su símbolo más asombroso, pues lo barcos descargaban a la vista de todo el mundo con ayuda de las poderosas y enormes gruas de la EBHI, para trasladar el carbón importado por cintas mecanizadas hacia la térmica de Aboño, mientras en la explotación gijonesa se falsificaban los albaranes con el carbón que supuestamente se sacaba bajo el mar, oyendo a las sirenas cantar, en la inolvidable canción de José León Delestal.

También Xuan Cándano, emblema del periodismo perrofláutico, anda por ahí intentando reinventarse la historia, atribuyendo al PP de la época de Francisco Álvarez-Cascos -la mala intención tiene su fundamento, pues alguien le pagará el favor de fabricar una falsa historia para oligofrénicos sobrevenidos- el invento y la gestión de los planes del carbón, con datos que no resisten un pase por la garlopa de la verdad. Dice Cándano, en su cada vez más panfletaria y servil publicación Atlántica XXII, que los fondos mineros, son “la millonaria liquidación con la que el Estado, a través del Gobierno del PP de José María Aznar, compensó a Asturias por el cierre definitivo y prolongado en el tiempo de la minería”.

Miente Cándano, miente con alevosía, y lo sabe. Sabe que él, como los mangutas de La Nueva España están haciendo un trabajo de encargo para desviar la atención. Los fondos mineros fueron un invento del Gobierno de Felipe González, que comenzó con el Primer Plan del Carbón 1990-1993, con una financiación de 4.689 millones, siguió con el Segundo Plan del Carbón 1994-1997, con 4.275 millones,  el Tercer Plan del Carbón, con 9.246 millones, y el Cuarto Plan del Carbón 2006-2012, con 4.987 millones, lo que supuso una inversión total de 24.000 millones de euros, entre ayudas a la explotación, prejubilaciones, infraestructuras y otras historias, de donde salió, como vemos, mucho, muchísimo dinero, entre el que se encuentran los 10.000 millones de euros que José Luis Rodríguez Zapatero condonó a los empresarios mineros en el año 2009 procedente, precisamente de dinero defraudado de esas ayudas que instauró González.

El truco  consiste en intentar hacernos creer una gran mentira muy del gusto de la izquierda más inmoral: la corrupción en el carbón fue cosa de los fondos mineros para infraestructuras -sometidas a los deficientes controles de la administración-, y no de las ayudas a la producción -que se ventilaban sin control alguno-, que es donde estuvo la manduca gorda. Pues no, señores Cándano, Llamazares y compañía. Los fondos mineros para infraestructuras no fueron la madre del cordero. Ni siquiera. Pero es que encima las obras de esos fondos fueron adjudicados en su mayor parte por los gobiernos de Vicente Álvarez Areces, y a la vista está quiénes fueron responsables de escándalos como el de la Autovía Minera impulsada por Juan José Tielve, el hombre de Gabino de Lorenzo en el Gobierno de Sergio Marqués, a un empresario de Areces -cuya empresa acabó en manos de Victorino Alonso-, en medio de un sonoro episodio que acabó en fallida comisión de investigación. De esas obras adjudicadas por los gobiernos de Areces, hay hitos como la Y de Bimenes, el desdoblamiento de los túneles de Riaño, el soterramiento de Langreo o el trentrán del Valle del Nalón, con los famosos trenes tranvía adquiridos por Ángel Villalba, el amigo y protector de Zapatero que junto con Areces regaló la Minero Siderúrgica de Ponferrada a Victorino -el gran ausente en esta versión coral asturanizada del Tartufo de Moliére- con financiación de Caja España y Cajastur, al que nadie se atreve a citar, porque a todos tiene o tuvo en nómina, hasta la Televisión Local de Gijón de Tini.

¿Qué dices de Cascos en esta película, Candanín? ¡Nunca pensé que fueras a caer tan bajo!