Hace unos años, no tantos, los empresarios asturianos se quejaban de maltrato social. El protagonismo lo acaparaban los partidos políticos, los sindicatos, otras organizaciones que compartían una sentencia común que repetían a menudo. Sostenían que Asturias carecía de un empresariado capaz, potente y comprometido. Salmodiaban que ésa era una de las carencias que explicaban la decadencia del Principado.
Frente a este lugar común, los empresarios se defendían como podían y encontraron un puerto refugio en la hegemonía del sector público. Aquel enorme conglomerado industrial, afirmaban, adormilaba la iniciativa privada, entumecía el riesgo, anestesiaba la pujanza personal. Cambiando la famosa cita de Carlos Marx, el sector público era el opio de nuestro pueblo.
Ambas afirmaciones han pasado, por fortuna, a mejor vida. No entro ahora a analizar cuánto tenían de falso y cuánto de cierto; lo importante es que ya no se sostienen, aunque aún se perciban sus vapores sulfurosos. Nadie discute la capacidad ni el papel de la iniciativa privada asturiana, y del tamaño catedralicio del sector público empresarial apenas quedan algo más que vestigios. Por lo tanto, ni aquel maltrato social ni la adormidera pública sirven de argumentos.
A lo largo de la fortísima transición económica vivida por Asturias en las últimas décadas, los empresarios han ido ganando presencia y voz. Hemos pasado de un estadio inicial de desistimiento y no comparecencia, de empresariado retraído, a otro más avanzado, con organización e importante participación. Así, la patronal es hoy, y por fortuna, un interlocutor necesario en el desarrollo socioeconómico del Principado. Me refiero, por supuesto, a la Federación Asturiana de Empresarios (FADE), pero también a otras organizaciones más específicas, como esta Asociación Asturiana de Empresa Familiar. Como presidente del Gobierno de Asturias, les aseguro que soy partidario de la existencia de asociaciones empresariales potentes que sepan defender y hacer valer sus planteamientos. Cuánta más iniciativa privada, mejor, muchísimo mejor, sin duda alguna.
Ustedes, quienes forman parte de esta asociación, denuncian problemas muy concretos. Según sus propios datos, representan a medio centenar de empresas que equivalen al 7% del Producto Interior Bruto regional, con una facturación superior a 1.700 millones de euros y que emplean a más de 17.000 personas. Con esas credenciales, entenderán que me vea obligado a tomar muy en cuenta sus embajadas. Un deber que se multiplica si consideramos que insistiendo en sus propios datos, el conjunto de las empresas familiares, y sigo con sus números, aportan el 75% del PIB y generan el 80% del empleo privado de Asturias.
Sin esquivar sus propuestas, les pido que no perdamos de vista la realidad completa. Hablo de la crisis, de la situación de la Unión Europea y de la situación de España. No me habrán escuchado cuestionar uno solo de los indicadores positivos que soportan la pregonada recuperación económica. Dejo constancia porque me parece absurdo tirar piedras contra el propio tejado. Bienvenidos sean todos los datos favorables que devuelvan el crédito y la confianza. España y Asturias necesitan una cura de caballo de autoestima económica y social que permita crear riqueza, proporcionar empleo, recuperar la confianza en las instituciones y cortar el vuelo a la demagogia y los populismos de toda laya que medran como nuevos hijos de la ira. Los mensajes encadenados que se regodean en el pesimismo, en la decadencia, en la crítica constante y despiadada al funcionamiento de las instituciones democráticas no hacen más que comprar soga de la desafección y la inestabilidad. Éste es un acto adecuado para esta reflexión. Como ciencia social, la economía no se desenvuelve pura, en una perfecta armonía de las esferas, ajena a la realidad. No se puede cuestionar el orden social y democrático que nos hemos dado sin que ello afecte en mayor o menor medida al desarrollo económico. Por halagar los oídos, por congraciarnos con el aplauso fácil, a veces cedemos a esa costumbre de criticar a todo lo que se mueve, sin darnos cuenta de que también hemos de esforzarnos en la defensa responsable de todo aquello bueno que hemos sabido construir.
Porque será en una España estable, con garantías sociales y con la confianza recobrada cuando tendrá más porvenir la actividad empresarial, no lo duden. Porque si destrozamos esas bases –en el fondo, si ponemos en duda nuestra madurez y estabilidad social-, todas las demás medidas, por bienintencionadas que sean, no tendrán sustrato donde prender. A partir de ahí sí podemos debatir, y con profundidad, de lo que queramos. De lo que queramos sobre cuestiones relevantes. Hoy se han planteado tres aquí al presidente del Gobierno: una relacionada con la economía, también se ha hablado de la función de la política y de los impuestos del sistema fiscal.
Sobre la economía, estoy absolutamente de acuerdo con lo que he escuchado, pero creo que debemos también lanzar una mirada hacia Europa. Acaban de pasar unas elecciones europeas y más allá de los resultados y de lo poco que hemos hablado de Europa durante esta campaña, lo que sostengo es que todos esos indicadores no serán lo suficientemente fuertes y el crecimiento no será de verdad sostenido en el tiempo si no cambia algo en las políticas económicas europeas. Hoy mismo conocemos el índice de inflación interanual, el 0´5%. Es que así no puede haber un crecimiento estable. El riesgo de deflación está ahí. Y por tanto, todos debemos de preguntarnos si en Europa alguien tiene que decir alguna vez que necesitamos un tipo de cambio menor y una inflación mayor. Y lo que no se puede es decirnos permanentemente que esto está en el subconsciente o en la cabeza de Alemania con la inflación histórica de los años 20; porque uno ya empieza a pensar que está también en la cartera de un país que es hoy el acreedor, el prestamista, el rentista de Europa.
Y estas cosas hay que hablarlas. Y hay que hablar de un Banco Central Europeo que mañana va a tomar no sé qué decisiones, pero que no serán todo lo trascendentes que nosotros necesitamos y queremos porque no tiene en sus estatutos más que el control de la inflación. Y si ahora la inflación en este interanual es del 0´5%, yo pregunto, ¿qué estaría o qué no estaría pasando en Europa si fuera del 4%? ¿Qué nos estaría haciendo? Y me remito a los Estados Unidos, donde la Reserva Federal tiene también un objetivo fundamental de crecimiento económico y empleo.
Y, al final, lo que uno tiene que preguntarse es si una moneda única, pero no común, una moneda única con 18 economías, es decir, 18 deudas públicas sobre la que los mercados o contra las que los mercados pueden especular, y 18 sistemas fiscales, incluso sociales, en competencia… Es que no ha funcionado ni va a funcionar. Por tanto, es algo que tiene que estar presente permanentemente en el debate económico.
La política. La política española ha sido siempre –no ahora que estamos en una situación muy difícil y donde el enconamiento siempre es mayor—, siempre, siempre ha sido extremadamente polarizada. Y eso dificulta el entendimiento en el conjunto de los partidos. Y por supuesto, hemos dado muchas veces los políticos motivos para el descrédito. Y el descrédito de los políticos es el descrédito de la política y, al final, el descrédito de las instituciones que los políticos decimos representar.
Sobre el asunto fiscal, ante todo quiero dejar clara alguna cosa. Cuando hablamos de la tributación empresarial, de la estrictamente empresarial, estarán de acuerdo conmigo en que no hay más presión fiscal en Asturias que en el conjunto de España porque, sencillamente, todos esos impuestos no son competencia del Principado de Asturias. Hablo del impuesto de sociedades que, por cierto, sería básico, esencial, que la base imponible fuera similar en el conjunto de Europa porque si no, estaríamos hablando de una competencia fiscal que no nos va a sacar tampoco del problema.
Sobre el impuesto de sociedades, no está transferido; no lo está tampoco el de transmisiones patrimoniales en aquello que tiene que ver con las operaciones societarias (creación, disolución, ampliación de capital…); el IVA no es un impuesto autonómico y el impuesto de sucesiones, en las sucesiones empresariales de familiares, en 1993, en un acuerdo del Gobierno socialista con CiU, se acordó una bonificación de 94% de la base imponible a la que en Asturias nosotros añadimos un 5%. Es decir, un 99% de esa base imponible está bonificada en Asturias. De lo que se está hablando aquí es del impuesto de sucesiones pero en términos de personas físicas y no jurídicas. Es cierto que existe una diferencia muy importante hoy día en España.
Lo que está planteando ahora mismo el Gobierno de España es un cambio basado en el Informe Lagares sobre la fiscalidad que interesa mucho a todos. Lo primero que debemos de pensar es en la suficiencia financiera, en el caso concreto de las Comunidades Autónomas que sostenemos servicios esenciales. Estoy de acuerdo en que hoy en España tenemos un problema de bases menguante y tipos crecientes y que eso nos lleva a tener recaudaciones que están en el menor nivel en relación al PIB del conjunto de los países europeos. Luego, algo habrá que hacer y yo espero que con esa reforma se consiga una suficiencia recaudatoria basada en la ampliación de las bases imponibles. Pero no será fácil, seamos realistas.
Y no será fácil porque los lobbies, los grupos económicos, los grupos de presión –y lo digo sin carácter peyorativo en absoluto pero cada uno está defendiendo ahora su parcela— y veremos como se consigue de verdad ese ensanchamiento de las bases imponibles que a mi me parece esencial para tener la capacidad recaudatoria que necesitamos sin esos tipos que disuaden, en algunos casos, a personas, a directivos –por lo que he escuchado— de residir o dirigir una empresa en Asturias.
Yo estaría absolutamente de acuerdo con que se buscara en España un marco de armonización fiscal entre las CCAA en algunos impuestos. Una armonización fiscal sería importante en algunos tributos, por ejemplo, en el que tiene que ver con la normativa de transmisiones gratuitas entre familiares directos. Pero eso no es algo que responda exclusivamente a la voluntad del Gobierno de Asturias. Hay algunas comunidades, Madrid por ejemplo, en la que prácticamente la fiscalidad sobre sucesiones ha desaparecido pero a la vez, lo que desde la Comunidad de Madrid se pide es que la financiación del órgano de gestión de esa comunidad, del propio Gobierno de Madrid, se haga de acuerdo con la potencia recaudatoria de esa Comunidad que, como comprenderán, es mucho mayor por razones que no todas se deben a la capacidad emprendedora de los ciudadanos de Madrid sino a razones vinculadas a la radialidad, a la concentración de la capitalidad política, financiera, económica… Es decir, a decisiones arbitrarias tomadas ya hace bastante tiempo.
Por tanto, este es un asunto complejo en el que todos debemos de estar de acuerdo que hay que discutir. A mi me parece que es un asunto capital para el Principado y, en el caso de la reforma del sistema de financiación autonómica, debemos saber previamente cuál será el resultado del debate fiscal. Un resultado que, debemos señalarlo, también debe poner fin a la volatilidad de los ingresos, dependientes en exceso del ciclo económico. Como ha resumido Jeffrey Sachs en el título de una de sus obras, los impuestos son el precio de la civilización.
La política tributaria es una de las grandes piezas que debemos sopesar. Hay otras, muy importantes, que el Gobierno de Asturias también está abordando. La consejería de Economía trabaja en la supresión de las trabas administrativas, en facilitar el incremento del tamaño empresarial a través de incentivos y la formación de consorcios y clusters, impulsar la apertura a los mercados exteriores, mejorar la modernización, avanzar en la implantación de la formación dual y fortalecer las líneas de investigación, desarrollo e innovación. Todos estos objetivos forman parte de la Estrategia Industrial para Asturias, acordada con la Federación de Empresarios Asturianos y los sindicatos UGT y Comisiones Obreras y presentada recientemente. En muy buena medida, todos son aplicables a las empresas familiares que ustedes representan.
Estoy acostumbrado a que el enunciado de estas metas sea recibido con escepticismo. Lo entiendo y no me molesta. En modo alguno se me ocurriría pedirles una confianza ciega en las promesas y anuncios del Gobierno. Lo que sí me atrevo a asegurarles es que no hay Ejecutivo, y mucho menos el que yo presido, que no ponga de su parte todo lo posible para que ustedes continúen emprendiendo y creando riqueza y empleo. Por eso los objetivos que cito no son meros brindis al sol. Estamos en condiciones de alcanzarlos si nos empeñamos en ello y si conseguimos que la estabilidad, el acuerdo y la fortaleza institucional sean piedras angulares de nuestra comunidad autónoma. Queremos, no lo duden, contar con ustedes.
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