[Discurso de Ignacio Prendes en el Pleno Institucional celebrado el 5 de septiembre del 2014 con motivo del Día de Asturias]

Sr. Presidente, Señorías, Ilustres invitados, iniciamos el curso político como viene siendo habitual celebrando este pleno institucional con motivo del Día de Asturias, una buena ocasión para volver la mirada sobre nosotros mismos y nuestra realidad.

Forzosamente esa mirada se posa en primer lugar sobre los premiados con las Medallas de Asturias que hoy nos acompañan, a todos ellos, en nombre de mi grupo, nuestro más sincero agradecimiento por su tarea de tantos años. Un agradecimiento que quiere ser más que una mera fórmula retórica, se basa en la convicción profunda de que su “trabajo y entusiasmo” de tantos años en campos tan diversos como la solidaridad, la ciencia, el conocimiento, los derechos de los trabajadores o la empresa, han permitido que hoy Asturias sea una sociedad más justa, más abierta y más rica. No lo suficiente, ni mucho menos, pero si bastante más de lo que sería sin sus contribuciones. Si tuviera que elegir una metáfora que los englobase a todos, elegiría una que resulta especialmente oportuna para describir al galardonado con la Medalla de Oro de Asturias de esta edición, el mierense universal Padre Ángel García, también al Sanatorio Adaro, pero que puede aplicarse al resto de premiados:

Yo los veo,“como un hospital de campaña en medio de una batalla cruenta, en ese momento ¡que inútil es preguntar a los heridos si tienen alto el colesterol o el azúcar, hay que curar las heridas….. ya hablaremos luego del resto!”. Son palabras del Papa Francisco que me parecen muy oportunas.

Y es que los premiados nos recuerdan con su ejemplo:¡ocupémonos de lo importante, de lo urgente!.

Y hoy, en España y en Asturias, resultan urgentes muchas cosas, quiero resaltar dos por su capacidad de englobar el resto:

- La primera, reforzar lo que Michael Ignatieff llama “la espina dorsal de ciudadanía”, la que nos debe mantener unidos a pesar de nuestras diferencias.

Esta espina dorsal implica, desde luego, la igualdad ante las leyes, y servicios más o menos iguales en todos los territorios, pero también significa hacer todo lo posible para reforzar las experiencias comunes, el sentido de la historia compartida y los derechos y responsabilidades comunes que hacen de nosotros un pueblo.

Es una obligación imprescindible, de hoy mismo, descubrir las formas de articular lo que nos es común y después impregnar con esa vida común el tejido de las instituciones.

Quien no entienda esto, no entenderá el anhelo profundo de unidad que transciende todas las divisiones y anima a los ciudadanos en su tarea cotidiana. Porque un país es un ejemplo de voluntad cotidiana y sostenida en el tiempo, y para eso si son importantes los políticos, individuos que, como señala Ignatieff, “tienen como tarea esencial, reunir en una misma habitación a personas que quieren cosas diferentes para encontrar aquello que comparten y desean hacer juntas.”

Desgraciadamente, en nuestro país, son demasiados los políticos ocupados en la tarea de destruir esa espina dorsal de ciudadanía más que en reforzarla.

- En segundo lugar, son muchos los ejemplos de divisiones, de desigualdades que avanzan imparables y que debemos combatir, pero hoy, aquí en Asturias, a mi me importa destacar una de la que casi nadie habla. Estamos construyendo una Asturias, un país, una Europa o un mundo si ustedes quieren, dividido en dos tipos de territorios: aquellos en los que puedes ganarte la vida en el mismo lugar que creciste y aquellos de los que te tienes que marchar si quieres tener oportunidades de una vida mejor.

Es saludable dejar el lugar en que naciste si eso es lo que quieres, pero no parece justo que marcharse sea la única opción para tanta gente.

Para tantos asturianos, jóvenes y no tanto, constituye una profunda injusticia ese muro invisible que les separa del futuro, que les limita y les expulsa de su tierra, sin que puedan incorporarse a la tarea de construir con su trabajo cotidiano, como han hecho los galardonados, una Asturias mejor. A ellos les limita, a nosotros, a todos, nos empobrece.

Es urgente por tanto luchar por un país donde la esperanza esté mejor distribuida, donde todos tengan la oportunidad de construirse una vida allí donde residen.

El año pasado, en esta misma tribuna, señalaba la necesidad de restaurar el pacto de mutua confianza entre política y ciudadanía si queríamos rescatar a nuestras Instituciones de una amenazante ruina. Un pacto roto por la ineficacia, la corrupción y el autismo de una élites políticas incapaces de asumir ni una sola de sus responsabilidades. Confiaba entonces en las reformas puestas en marcha en Asturias que podían colocarnos a la cabeza de una regeneración democrática que renovase la confianza y las energías de nuestra democracia.

Hoy tengo que confesarme defraudado por la pérdida de aquella oportunidad que sigo viendo como histórica. Tuvimos al alcance de la mano reformas que, desde un procedimiento impecablemente democrático, devolvían parte del poder a los ciudadanos y lo sustraía a la oligarquía de lo partidos. Desgraciadamente faltó coraje político, visión de futuro y altura de miras; y volvimos a caer, como tantas veces, en el inmovilismo, la desconfianza y el conservadurismo más rancio, aunque algunos lo disfracen de falsa progresía.

Curiosamente, mientras en Asturias se negaban reformas de mejora y profundización democrática, en otros lugares se impulsaban otras en un sentido totalmente opuesto con el ánimo de blindar determinadas mayorías, en un proceso de recorte democrático inaceptable.

Hoy esos vientos antidemocráticos soplan más fuerte, siendo benevolente sólo cabe calificarlos de “error, de inmenso error”, para el que no cabe como excusa el miedo a unos supuestos bárbaros del norte que acampan al otro lado del muro de nuestras instituciones. Su combate no puede venir, en ningún caso, por la vía de recortar la democracia, sino por la vía de mejorarla, ensanchándola; en ningún caso por la vía del blindaje de mayorías sino por el del respeto a la pluralidad de la sociedad que tiene que reflejarse en las instituciones, y en ningún caso por el camino de concentrar el poder de decisión en unas élites cada vez más desconectadas de la realidad, sino por el de la devolución de parte de ese poder a una ciudadanía que tiene que sentirse no solo destinataria sino actor imprescindible del juego político.

En todo caso les confieso que no pierdo la esperanza de que podamos enderezar el camino, seguramente tras completar una profunda renovación de las élites políticas, ya en marcha, pero siempre dentro del más escrupuloso respeto a las reglas de la democracia representativa, quizá porque siguiendo las sabias palabras de Fernando Savater soy de los que cree que:

“Ser político en el sentido auténtico del término, no en el insultante y pueril, es preferir enmendar errores a linchar culpables”.

Para finalizar, en un acto como este celebramos las presencias, pero también debemos recordar las ausencias y por eso quiero dedicar un recuerdo entrañable, un recuerdo que quiere ser un mínimo pero intenso homenaje a los 11 pescadores fallecidos, a los tres que permanecen desaparecidos, incluido el pescador de Candás cuya búsqueda espero de frutos lo más pronto posible, derivados de los cuatro naufragios ocurridos en la costa asturiana a lo largo de este trágico 2014. Para ellos y para el conjunto de la familia pesquera asturiana nuestro reconocimiento por una tarea dura, poco reconocida y que desgraciadamente solo accede a los medios en momentos trágicos como estos. A sus familiares y amigos todo el apoyo que podemos brindarles para superar estos difíciles momentos.

Muchas gracias.