Por J. M. Carbajal, en La Nueva España

La campaña salmonera en aguas continentales asturianas acaba de arrancar con más pena que gloria. Algunos expertos en la materia de la pesca fluvial insistirán en la necesidad de vedar los ríos con miras a la recuperación de la especie. Otros, por el contrario, exigirán a las administraciones públicas más medidas contra los cormoranes, garzas, nutrias, etc, que, de un tiempo a esta parte, proliferan y abundan en las cuencas del Oriente, tales como el Sella y el Cares-Deva.

Dicho esto, entre unos y otros, lo que verdaderamente me preocupa es la insistencia de ciertos entendidos en el arte de la pesca de tratar de satanizar a los ribereños y deportistas que practican esa arraigada tradición de la pesca con muerte al salmón. Ya es hora de abrir los ojos y ver un poco más allá: las cañas no son el mal de la escasez de ejemplares en nuestros ríos a estas alturas. Lo puedo decir más alto, pero no más claro.

Desde hace un montón de años las pesquerías industriales en alta mar impiden el retorno de los salmones a las aguas continentales asturianas. Mientras, los pescadores de caña tienen, por ley, un cupo máximo de capturas por temporada e incluso la presión en las cuencas se ha reducido de forma considerable, no ocurre lo mismo en los caladeros del Norte. ¿Alguien me puede decir las toneladas que se extraen en los mares? Es un verdadero misterio, no un brindis al sol.