Suerte y aciertos

Por Inaciu Iglesias en El Comercio

Efectivamente: suerte y aciertos; eso es lo mejor que se le puede desear a un gobernante. Y es que la política es muy cruel y las buenas intenciones no valen. No basta con ser patriota: además hay que acertar. Por eso el buen administrador de la cosa pública no es el que hace las mejores promesas electorales, sale más en la tele y gana el premio gordo del sillón. No. El buen político –el verdadero estadista- es el que consigue entender su tiempo y lugar, adoptar las medidas acertadas y dejar las cosas un poco mejor de cómo las encontró: es el que se sabe adaptar a sus propios compromisos y circunstancias, el que encuentra el mejor equilibrio entre sus promesas y sus posibilidades presupuestarias y es capaz de echarse a nadar sin guardar la ropa. Ésa es la clave de cualquier gestión pública; ésa es la verdadera Política con mayúsculas; ése es el arte de lo posible: arriesgarse a tomar las decisiones acertadas. Y tener suerte.

 

            Ahora, tras las distintas tomas de posesión de los Alcaldes, existe una cierta inquietud con respecto a lo que van a hacer estos nuevos gobernantes. Hay interés en comprobar si realmente van a estar al nivel de sus propias expectativas. O, bueno, a lo mejor tampoco hay demasiado interés porque, a estas alturas, ya todos compartimos la idea de Tierno Galván de que las promesas electorales se hacen precisamente para no cumplirlas. Somos así de descreídos. O eso creemos y, al final, nos acaba pasando lo de aquel político que convocó a la prensa para declarar, muy solemne y trascendente, que él no iba a caer en la tentación de hacer ninguna promesa electoral. Hasta que uno de los periodistas, más bien escéptico, le interrumpió:

 

-No me lo puedo creer. ¿Lo dice de verdad?

 

-Sí, sí: se lo prometo.

 

En cualquier caso, hay una cosa, por lo menos una, que muchos de estos nuevos gobernantes prometieron –o prometimos- en campaña y que ya se está empezando a cumplir en nuestro pequeño y verde país. ¿Y qué cosa es esa? Pues, simple y llanamente, que las cosas están cambiando. Créanme: las cosas están cambiando. No sé si para bien o para mal. No sé si según un guion previsto o improvisando cada día. Y no sé si muy rápido o muy despacio. No lo sé. Pero lo cierto es que las cosas están cambiando en nuestro país y eso es bueno. Y una de las cosas que tenemos que cambiar es esta evidente contradicción en la que vivimos como gobernados. Todos decimos -y oímos decir- que ya está bien de tanto escándalo, tanto despilfarro y tanta incompetencia; que la culpa es de los de arriba, de las estructuras tan cerradas y de la endogamia de los viejos partidos políticos; y que son ellos los que impiden que asciendan los mejores porque siguen premiando la mediocridad dócil y la fidelidad acrítica. Y todo eso nos lleva al cambio. Pero, por otra parte, todos decimos también -y todos oímos decir- que hay que tener mucho cuidado con los gobiernos inestables y con los ejecutivos débiles y fracturados; que no valen las alianzas anti-natura o los frentismos excluyentes; y que los experimentos, en política, hay que hacerlos solo con gaseosa. Y seguramente las dos cosas son ciertas; los escándalos que mueven al cambio y el miedo a la inestabilidad que lleva al inmovilismo. Pero las dos cosas no pueden ser ciertas; las dos no pueden convivir juntas: son antagónicas y es ahora cuando tenemos que resolver esta contradicción. Porque no se puede querer que las cosas cambien y, a la vez, tener miedo a que las cosas cambien: sorber y soplar -al mismo tiempo- no es posible.

 

            Ahora son tiempos de cambio y es ahora cuando toca tener suerte y acertar con los mejores. Pero, atención, porque no me refiero solo a los gobernantes. Me refiero sobre todo a sus jefes; a todos nosotros: a los votantes. Nosotros fuimos los que los pusimos ahí y ahora somos nosotros los que los tenemos que seguir evaluando para ver si pasan curso. Para ver si aciertan –y tienen algo de suerte- y vuelven a merecer nuestro apoyo. O no. Así que tómenselo muy en serio porque el precio de o hacerlo es muy alto: es ser gobernado por los peores; ése es el precio de desentenderse de la política.

 

Y no lo digo yo; lo decía hace tiempo un tal Platón.