El peso de la tradición
La Cofradía de Santa Lucía
Si bien las primeras referencias escritas sobre la Cofradía de Santa Lucía (copia de la Bula Papal que autoriza su fundación, etc.) nos trasladan a principios del siglo XVII, no cabe duda de que el origen de su fundación se remonta varios siglos atrás. Como solía ocurrir, siempre llegaba un momento en el que se hacía necesario regular su funcionamiento, personificado por lo general en la figura de un mayordomo responsable de la administración de sus bienes, bajo la supervisión anual de un visitador representante del Obispo, de Oviedo en este caso.
Debemos tener en cuenta un aspecto importante respecto a la localidad de Coceña: pertenece a la parroquia de Gobiendes. La mayor parte de esta parroquia fue uno de los territorios que más tarde se incorporó al Concejo de Colunga —como quien dice, cuatro días—, pues formaba parte del Coto Jurisdiccional de Carrandi. Por ello no extraña que en el libro parroquial referido a la instauración y desarrollo de la Virgen y Mártir Santa Lucía se haga referencia a los Junco, señores del citado Coto, del que formaba parte, tal como ya se ha indicado, la mayoría de la actual parroquia de Gobiendes. Esta incluye, entre otras quintanas y caseríos, las actuales localidades de Gobiendes, Coceña y Loroñe, además de parte importante del territorio norte del Monte de Carrandi (mal llamado Sueve).
Practicar entre sus miembros una hermandad cristiana, fomentar entre los cofrades el recuerdo a sus difuntos y propagar la devoción a la Santa (Santa Lucía, Virgen y Mártir) eran los fines primarios de la Cofradía, a los que se fueron añadiendo progresivamente otros, como la organización del festejo que nos concierne.
Contaba para ello con los habituales medios económicos con los que funcionaban estas entidades: limosnas y ofrendas en especie (pan, escanda, carne, etc.) que eran subastadas el día del festejo; así como la protección secular de los señores del Coto y de otros particulares solventes pertenecientes a familias de la nobleza local, como los propios Isla —oriundos de la parroquia— o los Alonso de Cobián del cercano lugar de Loja, entre otros. Lo atestiguan claramente los apellidos de los mayordomos: «Cobián, Bueño, Caravia, Llames», etc.
Las primeras referencias escritas sobre la celebración de la fiesta en la actual capilla se remontan a mediados del siglo XVII, aunque sin duda venía celebrándose mucho tiempo antes. Con posterioridad hay noticias de nuevas remodelaciones, así como de la progresiva adquisición de retablos, crucifijos, campana, cáliz y demás ornamentos necesarios para la celebración del culto, siendo el retablo actual de 1922 (costeado en su totalidad por Doña Lucía de Montes). Este sobrevivió milagrosamente —aunque con daños— a la destrucción de 1936 durante la guerra.
Pocas fiestas de Santa Lucía se celebraron ya después de esa fecha, pues la penuria económica, las huellas del conflicto bélico y otras necesidades más básicas impidieron hasta pasados unos años devolver el esplendor de nuevo a la capillina, en una época en que la modernidad andaba —al contrario que ahora— un tanto reñida con «les fiestes de prau».
Fue el entusiasmo de los vecinos en la década de los 80 lo que logró recuperar brillantemente la romería y verbena actual, cada vez más masiva y lucida, con «puya» de ramu (que se lo digan a José Ramón Gancedo), gaiteros, comida popular y un gran número de actividades para todos los públicos —sin olvidar el infantil, siempre el más agradecido—.
Sería de desagradecidos no hacer mención aquí a Adolfo (q.e.p.d.), «alma mater» de la recuperación de la fiesta. No me gusta emplear motes o apodos de pueblo —no porque no formen parte de nuestra idiosincrasia, que vaya si forman—, sino porque muchas veces son peyorativos. Este no es el caso, pero a veces tapan al nombre real de tal manera que, de no citar el alias «Pesetona» esta vez, nadie lo identificaría, y tampoco es la cosa.
Luego, al dejarlo Adolfo por motivos de edad, fue mayoritariamente la gente joven que viene en verano la que tomó el relevo para organizar el festejo, cada vez más lucido y concurrido. Una hermosa romería de prau para todos los públicos que se conoce ya como «Fiesta de los veraneantes», pues por las fechas en las que se celebra éstos triplican como poco a la población autóctona.
Si se la pierden, peor para ustedes… ¡Pero que no me entere yo, eh!
¡Pues eso…!
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