Omar Pardo: Sobre nuestra crónica negra - Concejo de Colunga

El execrable asesinato de Pepito Jovellanos.

Crónica negra de casa, sí; de por aquí que gentes malvadas haylas en todas partes, y bueno, por estos pagos, aunque no abundan, la verdad, pues alguna también hubo en su momento, también… Son así las cosas.

En fin, vamos pues a ello.

Execrable, crimen, sí; aborrecible, repugnante, nefando, despreciable, maldito, o como quieran ustedes llamarlo y aun se quedarían cortos, no les quepa duda…

Había nada más entrar en el cementerio parroquial de Sales por la puerta antigua a principios de los años 60 una humilde sepultura, bastante abandonada con una pobre cruz de madera ya torcida y desconchada sin nombre ni referencia alguna de la que nadie hablaba nunca.

En un momento dado, sin ruido alguno, tal sepultura desapareció sin dejar rastro, imaginando aquí el que suscribe que como solía ser lo habitual la tumba transcurridos los años de rigor habría sido levantada y depositada su osamenta en la huesera al uso que en todos los cementerios hay a tal efecto; una práctica común, vaya…

Transcurridos unos años e imagino que, por mi curiosidad de historiador, pregunté, así como por curiosidad a un viejo quién pudiera saber algo de aquel enterramiento un tanto descuidado, (y digo lo de viejo con todo el respeto del mundo, que a mí esas milongas de tercera edad y demás componendas cursis de ahora que pretenden edulcorar lo evidente me repatean el hígado bastante).

¡Y nada más simple para mi sorpresa…!

Ahí estaba enterrado Pepito Jovellanos.

Así de sopetón me dice:

Yo conozco toda la historia, pues ese hombre fue asesinado en una finca de mi familia y yo mismo fui quien lo trajo con el sacristán hasta el cementerio encima de una rústica escalera de madera (una pasera que se llama por estos lares) que sirvió de camilla a tal efecto, ya ves…

Y a continuación me relató lo que aquí les cuento de la forma más fidedigna posible:

LOS HECHOS:

A mí me lo contó un testigo directo del asesinato –me dice– pues lo vio todo escondido detrás de unos matorrales, un cura que estaba entonces en Colunga, D. Amalio (en efecto, se refiere a D. Amalio Antuña, natural de Cocañín, lugar del municipio de San Martín del Rey Aurelio, entonces en Colunga), que fue quien se acercó a Sales a comunicar la fechoría, pues el asesinato se cometió al pie de la carretera ya al final de la recta del pueblo, a unos dos kilómetros y pico de Colunga poco más o menos.

Don Amalio había sido requerido por Don Sandalio Menéndez, cura párroco de San Juan, que se hallaba oculto en una casa de la parroquia, pues era buscado para asesinarlo por elementos de la milicia local, a fin de que se acercara a su iglesia para salvar el Sagrario, joya de importante valor tanto emotivo como económico, y así lo hizo, pero fue descubierto y debió escapar a toda prisa y con lo puesto campo a través. Yendo huido, ya casi al final de la recta de Sales camino de La Llera, donde pretendía refugiarse en casa de Don Santos Cortina, párroco del lugar que dada su avanzada edad no había sido molestado, al ver asomar un coche y creyendo que venían en su busca se escondió detrás de unos matorrales, y al llegar poco más o menos a su altura vio saltar por la portezuela del vehículo a un hombre tratando de huir a la desesperada, sin éxito, pues allí mismo, en la propia cuneta, lo fusilaron sin piedad, no sin antes torturarlo y mutilarlo bárbaramente. Era un caluroso 15 de agosto de 1936.

El hombre en cuestión no era otro que el abogado gijonés descendiente del ilustre Gaspar Melchor de Jovellanos, José Cienfuegos Jovellanos, de 43 años, miembro de Renovación Española, que al parecer, en peligro en Gijón, se dirigía hacia Santander, que aunque aún en poder de la República creería pasar más desapercibido sin duda.

Unas fuentes dicen que por esas fechas estaba veraneando en Colunga, cosa poco probable dadas las circunstancias, y otras afirman con rotundidad que simplemente, dirigiéndose a Santander, se le ocurrió parar en Colunga a comer y ese fue su gran error, pues los milicianos, al ver un automóvil —un lujo en aquella época—, enseguida se ocuparon de identificar y detener al propietario.

Pero la historia es más rocambolesca aún, pues el día anterior, nefasto 14 de agosto, D. José también fue uno de los catorce salvajemente torturados y posteriormente fusilados en el cementerio de Caravia por una checa de Gijón, entre ellos el párroco de Priesca, el sacerdote de Pernús Don Jesús López, natural del lugar de Bulloso, término municipal de Illano, o el gran benefactor del concejo de Colunga, un honrado seglar Don Tomás Montoto, del lugar de Loja (parroquia de San Juan).

Mal fusilado y peor malherido, Don José Cienfuegos Jovellanos, que se había hecho el muerto, se hartó de pedir auxilio sin que nadie le socorriera, hasta que alguien, valeroso y honorable, al verlo en tan mal estado se arriesgó a llevarlo a Colunga a casa del médico. Pero enterados los milicianos a la mañana siguiente de un testigo vivo de sus execrables fechorías, no quisieron dejar cabos sueltos y, a pesar de la temeraria resistencia del galeno, se lo quitaron de las manos, le metieron en un coche y al final de la recta de Sales ya saben lo que ocurrió.

En fin, esa es la trágica historia de aquella humilde sepultura que nadie quería mencionar. Eso sí, sus restos no acabaron en la huesera del cementerio parroquial de Sales, pues no sé si a finales de los años 50 o principios de los 60 parece ser que los familiares se los llevaron a Gijón al panteón familiar.

¿Entienden ahora lo de execrable, aborrecible, odioso, repugnante…?

Pues esa es la negra historia de aquel humilde enterramiento que nadie quería recordar, más o menos como esos infames que ahora no hacen más que atizar por intereses bastardos un enfrentamiento que los mismos protagonistas ya habían olvidado por razones obvias hace tiempo ya.

¡Que Dios los perdone!

En el lugar de Loja, parroquia de San Juan, término municipal de Colunga, en el Principado de las Asturias de Oviedo, Reino de España, a treinta días del mes de diciembre del año de dos mil y veinticinco del nacimiento de Nuestro Señor —que Él nos ampare—, compuso este libelo el ocioso Licenciado Don Omar Pardo y Cortina, leal súbdito del Rey legítimo y fiel siervo de Dios.