El Hospital Ribera Covadonga ha advertido sobre los riesgos para la salud asociados al consumo habitual de bebidas energéticas, especialmente entre la población adolescente, y ha mostrado su respaldo a la regulación de su venta a menores en Asturias.
Durante una comparecencia informativa en el marco del proyecto de ley autonómico sobre estas bebidas, el centro sanitario puso el foco en el elevado contenido de cafeína y azúcares que presentan muchos de estos productos, así como en su potencial adictivo. Aunque se comercializan como refrescos, contienen sustancias altamente estimulantes como cafeína, guaraná o ginseng, con efectos directos sobre el sistema nervioso central.
Según los especialistas, una sola lata de 250 mililitros puede aportar entre 80 y 100 miligramos de cafeína, mientras que los formatos de 500 mililitros alcanzan hasta 200 miligramos. En este contexto, el principal riesgo no reside en el consumo puntual, sino en la ingesta repetida a lo largo del día, una práctica frecuente entre personas jóvenes.
A este factor se suma el alto contenido en azúcar. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los azúcares libres no superen el 10 % de la ingesta energética diaria, una cantidad que muchas de estas bebidas alcanzan o superan con menos de un envase. Este consumo sostenido está detrás del aumento de consultas relacionadas con estas bebidas en las Unidades de Tratamiento de Conductas Adictivas.
Desde el centro sanitario también se subraya que, pese a su denominación, el aporte energético real de estas bebidas es muy bajo, especialmente en las versiones sin azúcar, y que su consumo responde principalmente a sus efectos estimulantes y euforizantes. Estos efectos, además, favorecen el consumo combinado con otras sustancias, como alcohol o cannabis.
El consumo entre adolescentes resulta especialmente preocupante. Según datos del Plan Nacional sobre Drogas, cerca de la mitad de los jóvenes de entre 14 y 18 años consume bebidas energéticas de forma habitual, y uno de cada cinco las mezcla con alcohol. Esta situación adquiere mayor relevancia si se tiene en cuenta que el desarrollo cerebral no se completa hasta los 21 o 23 años.
En la comparecencia participó el responsable de la Unidad de Tratamiento de Conductas Adictivas del hospital, quien defendió la necesidad de limitar el acceso de los menores a este tipo de productos, reforzar el control de su publicidad y avanzar hacia una denominación más ajustada a su composición real.
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