Para un socialdemócrata, el título de la intervención se condensa en tres palabras: Estado de Bienestar, porque cohesión social y desarrollo económico están, a nuestro juicio, vinculados a la acción estatal. No teman, ni incursionaré por los orígenes del Estado social en la Alemania de Bismarck ni desgranaré la tesis de Lord Beveridge. Simplemente les diré que el Estado de Bienestar es uno de esos pactos que, a veces, impone la historia, y que esa expresión (podría ser capitalismo de Bienestar) quiere subrayar la legitimación de un orden democrático y socioeconómico nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Un pacto entre los ciudadanos, sus élites y su Estado, que sanciona un contrato social.
Tampoco me referiré a lo que fueron y significaron los treinta años en los que la superioridad moral y económica del Estado Social era indiscutida, salvo en restringidos y minoritarios ámbitos académicos. Las propias insuficiencias del Estado como gestor económico y la ofensiva política de Margaret Thatcher (recuerden que para ella no había sociedad, solo individuos que viven juntos) propiciaron el cuestionamiento primero y el progresivo desmantelamiento después del Estado de Bienestar, en un proceso que se aceleró cuando fracasó aquello que se dio en llamar a sí mismo el “socialismo realmente existente”, momento a partir del cual conocimos en toda su dimensión “el capitalismo realmente existente”.
Cierto que el capitalismo ha tenido varias encarnaduras: ya no es de producción, es de consumo; ya no es productivo, es financiero; ya no tiene cultura meritocrática, sino hereditaria; ya no es estatal, sino global. En el mismo rumbo, la economía ya no es un servicio, sino un destino. Elevada a la categoría de ciencia sacra, tiene sus profetas, sacerdotes y pontífices. Y también tiene sus herejes: todos los que reivindican lo colectivo, lo común, lo social. Todos los desviados por una perversión que según reza la vulgata neoliberal, tiene en el colectivismo un destino inexorable y fatal.
Y el lenguaje de los derechos, articulado en torno a la provisión del Estado como responsabilidad colectiva, pasa a ser sustituido por el discurso que apela a la ética de la responsabilidad individual. El individuo como único culpable de las decisiones equivocadas que pueda adoptar. La idealización del mercado, la idea de que subordinándose a él todo es posible, es quizás la última ilusión moderna, la de que somos dueños de nuestro destino aunque dependamos de fuerzas sobre las que no tenemos ningún control.
Y en este devenir, ¿qué tiene que hacer la izquierda? Antes que nada mirar atrás, saber que hemos aprendido lo suficiente del pasado para reconocer las viejas propuestas que ya no funcionan. También para convencerse y convencer de que la cuestión social -como sabían muy bien los grandes reformadores del siglo XIX- si no se aborda, no desaparece, sino que promueve respuestas más radicales. Dejar claro que su tarea, la tarea de la socialdemocracia, es reconstruir la defensa del Estado Social, del Estado activista, que la propuesta para el siglo XXI no puede ser volver al siglo XIX.
continua...
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