Por Iván de Santiago en 'El Comercio'
Hace 25 años, ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco y le ajustició con dos tiros en la nuca 72 horas después. Eso lo saben ustedes, y han podido verlo en los homenajes que este fin de semana se le han tributado en Ermua, ese pueblo que todos recordamos por el nombre de aquel humilde concejal del PP. Aunque a mí me avergüence ver a un presidente del gobierno que pacta con los herederos de quienes le mataron, y mataron a sus compañeros de partido, eso lo dejaremos para otro día, porque esta no es, al menos hoy, una columna política. Es una columna histórica. De mi historia, con minúsculas.
Porque este fin de semana se nos ha informado que el 50 % de los jóvenes entre 15 y 30 años no saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Y eso es lo que no podemos permitir, porque lo que se olvida no existe. Y solo quiero transmitir cómo lo viví yo, hace un cuarto de siglo.
Era un joven de 24 años que había acabado Derecho y trabajaba como abogado. Me había afiliado al Partido Popular el día que cumplí 18 años. Veía, como todos los españoles, los secuestros y asesinatos de ETA semana tras semana, mes tras mes.
Un día secuestraron a Miguel Ángel y dieron el ultimátum al gobierno. 48 horas para liberar a los presos asesinos de la banda terrorista o le matarían.
Una calurosa tarde de sábado salimos a la calle todos los españoles decentes. Medio millón en Bilbao, algo impensable en un lugar que vivía preso del miedo. Un millón y medio en Madrid, que no albergaba más gente en las entradas de sus autopistas radiales. Cuando volví a mi casa de la manifestación de Oviedo, le dije a mi madre: “Mamá, lo van a soltar. Seguro. Esto no lo pueden soportar. Estate tranquila”.
Pero me equivocaba, desgraciadamente. Y en mi casa, como en muchas otras tantas casas, vivimos dos días de angustia, queriendo tener noticias de aquel muchacho cuyo único delito, acaso como el mío, era pertenecer a un partido democrático y haber osado ser concejal de su pueblo.
Y la mañana del asesinato, mientras trabajaba, escuché en la radio que dos excursionistas habían encontrado un cuerpo en las afueras de Lasarte. Y, como muchos españoles, recé para que no fuera él. Pero era él. Txapote, un bastardo miserable como todos los que le rodearon durante 40 años, le había pegado dos tiros y le había dejado desangrándose. Un concejal de HB cuyo nombre es Ibón Muñoa (que no se nos olviden los nombres de los antiguos terroristas ni de sus herederos) les había dado la información para secuestrarle y les cobijó en su huida.
A medio día, volví corriendo a casa. Nos sentamos frente al televisor y no pudimos comer. Confirmaron que Blanco había muerto en el hospital. Me recuerdo llorando, con mi madre y mi padre en el sofá. Mi hermano, que tenía 19 años y la prepotencia y la indiferencia de la juventud, sin embargo, vino a casa raudo porque se había enterado en la calle y quería ver lo ocurrido. Acabó en el sofá, incapaz de retener las lágrimas.
En palabras del magistrado García Castellón, que en su día juzgó a los autores materiales y ahora pretende hacerlo con la cúpula histórica de ETA: “desgraciadamente, fue un asesinato, pero no fue uno más. Nos despertó a todos nuestra conciencia”.
Queridos chicos que no sabéis quién es Miguel Ángel Blanco. Habéis de saber que fue un héroe. Un mártir. El principio del fin. El comienzo de la aniquilación de un grupo de bárbaros que solo pueden morir en la cárcel muchos años después de haber comprendido que han acumulado tanto mal que es imposible su reparación. Él fue quien nos dio el valor para gritar “Basta ya”.
Así lo viví yo. Ese día aprendí que los que llorábamos en mi casa y en tantas casas, éramos los valientes. Los que apretábamos los dientes, éramos el futuro. Los que se reían y celebraban muertes, eran los cobardes. Los que apretaban el gatillo, eran parte del pasado.
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