Todos los aquí reunidos, europeos del Sur, proclamamos hoy la voluntad de aliarnos para alentar el progreso de nuestras regiones dentro de la Unión Europea. En la costa atlántica, cerca de la desembocadura del Duero, tan lejos de las geografías del Norte que tanto nos gobiernan, ensanchamos y afianzamos una cooperación que sólo tiene por ambición el logro de mejoras para nuestros ciudadanos.

Hace casi treinta años, el  1 de enero de 1986, Portugal y España ingresamos en la Comunidad Europea. Ambos países lo hicimos de la mano de los padres fundadores de nuestras democracias, estrenadas una década antes, porque para los portugueses y los españoles Europa merecía entonces una triple esperanza: libertad y derechos, prosperidad económica y garantías sociales. Hoy, que celebramos el Día de Europa en homenaje a la Declaración Schuman, merece la pena que aquí, en esta hermosa ciudad del Sudoeste de la Unión, nos preguntemos cuáles de esos significados aún resisten asociados a la integración europea.

De aquella tríada, ¿qué queda en pie? Lo pregunta un europeísta convencido; alguien que está seguro de que la Unión Europea es el ámbito adecuado para afrontar nuestros problemas, para acabar con esta prolongada recesión que aún sufrimos. Podemos plantear la cuestión de otro modo, menos directo. Si eliminásemos la democracia, ¿pensaríamos en la misma Unión Europea? Seguramente, no; nos parecerá inconcebible. Si recortásemos hasta la supresión las garantías sociales –esa creación genuinamente europea que llamamos el Estado del Bienestar-, ¿hablaríamos de la misma Unión? Tampoco. Quizá nos incite la tentación idealista de considerar que, en cambio, sí es posible sostener la misma idea europea sin crecimiento económico. Pero a poco que lo sopesemos la contestación volverá a ser negativa, porque ésa sería una construcción con fecha de caducidad.

Descuiden, que no tendré el mal gusto de aprovechar este acto institucional para mitinear en vísperas electorales. Quiero decirles que hemos de recuperar aquella triple expresión de Europa, porque los tres son los rasgos esenciales que definen la identidad de la unión que empezó con aquella declaración escrita por Jean Monnet y pronunciada por Robert Schuman otro nueve de mayo hace ya 64 años. La buena Unión Europea, la que se ha ido ensamblando poco a poco durante más de seis décadas, siempre respondió a ese triple ideal. No podemos imaginar que sacrificando, amputando alguna de esas señas básicas podremos mantener la misma Unión. Entonces hablaríamos de otra criatura.

 

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