Agosto empieza esta tarde de viernes en Gijón, con el armazón de la Feria Internacional de Muestras de Asturias hueco, expectante, dispuesto a recibir a millares de visitantes. Da igual el guarismo que señale el calendario o el cálculo de los astrónomos: hoy, aquí, con este acto, comienza agosto en Asturias, nuestra canícula particular. Bienvenidos todos y gracias por darme la oportunidad, por tercer año consecutivo, de inaugurar este certamen.

Antes de que el trajín –bullicio festivo de ruidos, olores y luces- se apodere de este recinto, la liturgia manda hablar de economía. Se entiende que ha de ser así en coherencia con la relevancia empresarial y comercial de la Feria Internacional de Muestras. Por no incurrir en herejía, cumpliré con los cánones y algo diré de economía. No obstante, déjenme subrayar la trascendencia de la feria como cita social. Ya he dicho que para muchos asturianos la visita al certamen tiene también un punto de ritual de paso, una ceremonia en la cual se comprueba que la rueda dentada de la Asturias industriosa, la de la pujanza económica y de la iniciativa empresarial, continúa girando. Con cada edición de la feria, ese movimiento se constata por miles de asturianos que asisten al recinto como convocados a un gran punto de encuentro. Esta dimensión social es muy importante a todos los efectos. Tiene ya la categoría de tradición regional; una tradición buena y propia que debemos saber cuidar.

Entro ya con la economía. Hace bastante tiempo que el Gobierno de España celebra la existencia de indicadores positivos. En julio, el Fondo Monetario Internacional rectificó al alza las previsiones de crecimiento para nuestro país hasta elevarlas al 1,2% para este año y al 1,6% para 2015. Y los últimos datos del Banco de España fueron en la misma dirección, hasta elevar al 2% la previsión para el próximo ejercicio. Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del segundo trimestre del año también han sido favorables: con porcentajes mejores que la media nacional, en Asturias sumamos 11.700 ocupados más que hace un año, y el paro se redujo en 18.400 desempleados. Para mí, por tanto, la pregunta no es si existen o no indicios positivos, sino si hablamos de una evolución lo bastante sólida y prolongada como para permitirnos pensar que la crisis ha quedado atrás, que es, por fin, una penosa etapa superada.

Expreso tres cautelas previas.

La primera tiene que ver con mi condición de socialista. Seguramente habrá quienes entiendan que mi interpretación estará viciada por los intereses de partido y que, por quitar bazas al adversario, seré rácano con los buenos datos. No quiero que suene pretencioso, pero no soy tan torpe. Aplaudo los indicadores positivos como el que más. Ya Miguel Hernández escribió que “ver y oír a un triste enfada/cuando se viene y va de la alegría/como un mar meridiano a una bahía/a una región esquiva y desolada”, pero es que además en Asturias andamos sobrados de ingenieros de la decadencia y aguafiestas titulados. No, por favor, nada que ver con ellos.

La segunda precaución es más compleja. El lenguaje es una herramienta muy poderosa que hay que manejar con cuidado. La palabra mal usada es tracionera, engañosa, designa realidades falsas. Yo no puedo pregonar la recuperación económica con cerca de cien mil parados en Asturias y con la mancha oleosa del precariado expandiéndose como una nueva clase social. Sí, acabaremos el año mucho mejor que como lo iniciamos, tanto en crecimiento económico como en el desempleo y debemos estar satisfechos de ello, pero sería indigno entregarse con pecho de lata a la propaganda. Para dar por superada la crisis necesitamos, entre otros factores, que el crecimiento sea sostenido; que la disminución del paro avance a más velocidad; que mejore la calidad de las prestaciones asociadas al Estado de Bienestar, que no se sustituyan por servicios públicos de bajo coste proporcionados por un Estado de bajo coste. Sé que en esta afirmación incluyo premisas ideológicas, pero entiendo  que una sociedad que consienta el desmantelamiento de sus servicios públicos y claudique hasta asumir mansamente el imperio de la penuria laboral no es una sociedad recuperada, sino en crisis, en profunda crisis.

La tercera es una reflexión de otro orden. Las decisiones económicas provocan consecuencias políticas que, a su vez, repercuten en la economía. Aunque es de perogrullo, esta relación se minusvalora o se olvida con una facilidad pasmosa. Recientemente, hemos celebrado elecciones europeas. Conocido el resultado, algunos se tiran de los pelos y se dan cabezazos contra la pared, nerviosos, asustados ante la posibilidad de que irrumpan candidaturas de corte radical populista y puedan alcanzar  una importante cuota de poder institucional en España y otros países. Y bien, ¿de qué se asombran, si ése es el desenlace lógico de la manera de gestionar la crisis en Europa durante años? Cuando se añaden ingredientes explosivos al matraz y después se agitan, hay que temer el estallido. La austeridad forzada se llama pobreza, y una sociedad que comprueba que se empobrece año tras año pierde la confianza en quienes los gobiernan, busca alternativas que, aunque sea con la oratoria simple de los telepredicadores y de los echadores de cartas on line, les ofrezcan  algo de ilusión. No nos extrañemos de este tipo de fenómenos; lo realmente extraordinario sería que no hubieran surgido.

Hechas esas apreciaciones, me atrevo con un juicio. Existen datos para el optimismo económico pero pocos aún para el optimismo social. Puedo expresarlo de otro modo: si nos quedamos en una recuperación para élites (aunque sea para un porcentaje muy superior al famoso 1% de Stiglitz), no podremos hablar de fin de la crisis; habremos pasado de una etapa de la crisis a la siguiente y, sobre todo, estaremos encaminándonos de un modelo de sociedad a otro, donde la desigualdad constatada por Piketty se multiplicará.

¿Cómo podemos evitar que eso suceda? Frente a una realidad compleja, poliédrica, no caben simplificaciones. Ésa es una de las peores tentaciones a las que podríamos sucumbir quienes ejercemos algún tipo de responsabilidad y se nos presupone sensatez: considerar que la crisis puede zanjarse a golpe de eslogan de campanario. Para hablar de fin de la recesión hemos de encadenar un crecimiento sostenido, elevar notablemente la productividad, reducir también notablemente el paro, asentar otro modelo productivo, completar el saneamiento de las entidades financieras, avanzar en la construcción europea y fortalecer el Estado de bienestar. No hay una sola de estas cuestiones, ni una sola, que sea suprimible; por desgracia, tampoco hay una sola que sea simple.

Para dar por seguro que alcanzaremos cualquiera de esos objetivos, los datos que conocemos son aún escasos. Tenemos la certeza de que la acción del sector público y, en particular, del presupuesto, es especialmente relevante en un país que tiene cedida su política monetaria, también tenemos  la preocupación de que algunas medidas debiliten, en lugar de fortalecer, el crecimiento necesario. Me refiero por ejemplo a la reforma fiscal aprobada hoy en el Consejo de Ministros.

La reforma, a mi juicio, debería tener como principal eje vertebrador el aumento de la eficacia recaudatoria, y combinar mayor recaudación con un impacto macroeconómico limitado. Alcanzar ese objetivo exige ampliar al máximo las bases imponibles y mitigar el efecto distorsionador de tipos marginales que habría que bajar, porque tenemos un problema de bases menguantes y tipos crecientes que recaudan poco y distorsionan mucho.

La crisis fiscal en España es una combinación de cuatro factores: caída de la economía y el empleo, cambio en la composición de la demanda, defectuosa estructura fiscal e incremento del fraude.

Los dos primeros se han dado en toda Europa, si bien la incidencia en España ha sido mayor por el desplome de los impuestos vinculados al sector immobiliario (Impuesto transmisiones Patrimoniales, Actos Jurídicos Documen-tados o licencias de obra) y por el relevo de la demanda interna por la externa, con la caída fiscal derivada de la inaplicabilidad del IVA e Impuestos Especiales a la exportación. 

Pero los otros dos factores, los puramente tributarios: defectuosa estructura fiscal y fraude, son la auténtica singularidad española, el ejemplo de la evolución del IVA en el primer semestre de 2013 es clarificador, porque el consumo no puede caer al 3% y las bases del impuesto al 9,2%.

En España el derrumbe de las bases imponibles es sistemáticamente superior a la caída de la economía. Es decir: el total de las bases declaradas es, cada vez más, un porcentaje menor del PIB.

El informe Lagares (publicitada base técnica de la reforma) establecía a mi juicio un insuficiente objetivo de recaudación sobre PIB, pero pretendía afrontar el problema del adelgazamiento de las bases imponibles de los dos grandes impuestos personales de nuestro sistema fiscal.

Es verdad que en contra del ensancha-miento juega la crisis, porque si hay menos españoles trabajando recauda-remos menos, pero sobre todo juegan los grupos de presión. No tiene que extrañar, siempre que se anticipa una significativa reforma tributaria, los grupos de interés se emplean a fondo para abortar la proclamada intención de expandir las bases fiscales, que equivale técnicamente a suprimir deducciones en la base y exenciones en la cuota. Quiero reconocerles que han sido eficaces en su trabajo de preservar desgravaciones, bonificaciones y dádivas que alejan el tipo efectivo del nominal, erosionan la recaudación y, sobre todo, deterioran la conciencia fiscal.

Y créanme, la conciencia fiscal, la idea de que pagar impuestos es una obligación básica de ciudadanía, es la medida antifraude más eficaz.

Otro factor preocupante es la evolución de las exportaciones, el principal sostén de la economía española en estos duros años. Los últimos datos conocidos datan de mayo, cuando se comprobó un descenso interanual del 1,3%.  Influyen, de nuevo, causas complejas, como el estancamiento de los países emergentes y la apreciación del euro. Créanme que, a corto plazo, nada sentaría mejor a la economía española que la UE (tal vez debería decir Alemania) propiciara una inflación mayor y un tipo de cambio menor. 

Las consecuencias de una caída de las exportaciones son previsibles, pero entre ellas un impacto sobre la balanza comercial que, para un país con una enorme deuda exterior es, como advierte la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS) un serio condicionante para asentar los datos positivos.

Como saben, mi Gobierno ha puesto en marcha varias iniciativas para favorecer la exportación de las empresas asturianas. Siempre le hemos dado mucha importancia a este desafío. Fruto de ese interés son, por ejemplo, los compromisos asumidos en la concertación social, el Programa para la Internacionalización de la Empresa Asturiana 2013-2015 y el plan de actividades de Asturex para este ejercicio que, por cierto, se está cumpliendo al cien por ciento.

Por lo tanto, merece la pena dedicar algo de tiempo a su análisis.

En Asturias, los datos de exportaciones de mayo también fueron malos, peores que la media nacional. No tengo interés alguno en edulcorarlo. No obstante, hemos de tener en cuenta que cerca del 60% de nuestras exportaciones depende de la venta de lo que se denominan “comodities”, productos con poco valor añadido en sus procesos de producción y que dependen de la evolución internacional de los precios. Si les digo que entre esos productos se incluyen el acero, el aluminio y el zinc, por citar tres, entenderán perfectamente su importancia. Pues bien, si no tuviéramos en cuenta tales productos, el valor económico de nuestras exportaciones habría aumentado un 16,7%. En especial, merece la pena subrayar la buena marcha del sector de bienes de equipo, con un incremento acumulado del 37%.

El número de empresas exportadoras sigue creciendo. Tanto aquellas que se inician en los mercados exteriores como las que tienen una presencia internacional regular y constante. Sólo en este año, más de 80 empresas desarrollarán planes de iniciación a la exportación, lo que supone un crecimiento del 150% respecto a ejercicios anteriores. A día de hoy ya se han constituido también nuevos consorcios para la exportación. Como consecuencia, el número de opera-ciones internacionales también aumenta (un 15,7%).

Perdonen que me haya extendido con datos y porcentajes, pero en la inauguración de la Feria Interna-cional de Muestras de Asturias no podía pasar a vuelapluma sobre la exportación. Gran parte de nuestra política de promoción internacional ha sido consensuada con organiza-ciones empresariales o sectoriales, como la Federación Asturiana de Empresarios, Femetal o el cluster de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Creo que todos debemos mantener el desafío, asumir que la internaciona-lización de nuestras empresas sigue siendo uno de los objetivos estratégicos para el desarrollo económico de Asturias. Siempre se puede hacer más, pero se está haciéndolo bien e intentaremos hacerlo mejor.

Éste es el contexto en el que nos encontramos. Existen datos positivos, indicadores innegablemente positivos que aplaudimos, pero no podemos dar por seguro aún que España, y con ella Asturias, han iniciado el camino del crecimiento sostenido preciso para hablar con la fuerza moral necesaria de recuperación, sin pervertir el significado de esta palabra. Insisto en que no alcanzaremos este objetivo si no conseguimos sumar otros elementos, desde el avance en la integración económica europea  que supere el estadio de unión monetaria a la diversificación productiva de España. Hablo, y sobre esto excusen que no me alargue porque ya es una constante en mis interven-ciones, del fortalecimiento industrial.

Nuestra obligación –y hablo no sólo de la obligación del gobierno, sino también de los agentes sociales, empresariales y políticos- es contribuir a que esos indicios positivos se consoliden. No soy tan ventajista como para disfrazar el bien político del gobierno de bien de Asturias, pero sostengo que todos los dirigentes y organizaciones responsables hemos de ser ante todo eso: responsables. Les pongo dos ejemplos bastante conocidos.  

Uno es el informe de la Oficina de Lucha Antifraude de la Unión Europea relativo a la construcción de El Musel. No me escandaliza que se reclamen responsabilidades; en absoluto. Como en prácticamente todo en la vida, cuanta más claridad y luz haya, mejor. Pero, dicho esto, convendrán conmigo que la ampliación de El Musel es una realidad colosal con un potencial económico importantísimo y que nuestro deber, y no me refiero en exclusiva al Gobierno, es aprovecharlo al máximo. La Zona Logística, la construcción de enlaces al puerto y el polo energético no son desmesuras, son equipamientos e infraestructuras apropiados para sacar el máximo rendimiento a El Musel. Lo que equivaldría a una barbaridad, una absoluta irresponsa-bilidad, sería abjurar, ahora de la ampliación del Puerto con todo lo que conlleva. Ahí, en ese vértice, es donde debe confluir la responsa-bilidad.

Otro es el debate presupuestario. También recordarán que este ejercicio Asturias está sin presupuestos. Al no haber sido posible el acuerdo, hemos tenido que tramitar varias leyes extraordinarias a lo largo del primer semestre. Esas leyes han paliado los daños de la prórroga presupuestaria. A la vuelta del verano iniciaremos de nuevo el debate de los presupuestos. A nadie se le escapa que lo haremos en un año preelectoral, con las municipales y autonómicas previstas en mayo de 2015. Con tanto desparpajo como frivolidad, alguien podría pensar que no merece la pena perder el tiempo, que el debate será mera pantomima, un simulacro, porque debe darse por perdido. Pues no, me niego y pido a la sociedad asturiana que también se niegue. Que Asturias tenga presupuestos no puede depender de la cercanía ni de la lejanía de las elecciones. No consintamos que eso ocurra. Al Gobierno hay que exigirle que presente un proyecto sólido, adecuado para las necesidades de esta Comunidad, y que ofrezca diálogo y consenso a todos los grupos; a la oposición, reclamarle que esté dispuesta a la negociación, que no se ofusque en el no por el no en un necio juego de intrigas palaciegas que la sociedad no entiende, y que presente sus propias alternativas. No presupongo el resultado; no afirmo que el acuerdo debe ser inevitable: me limito a pedir y a ofrecer seriedad, la seriedad y el rigor que corresponden a estos momentos. Porque si queremos consolidar los datos positivos de los que hablé al principio, si queremos que Asturias se adentre cuanto antes en el territorio de la recuperación, no debemos ser nosotros quienes añadamos alambradas y trincheras a ese ya de por sí duro, largo camino que nos queda por andar. 

Muchas gracias.

 

DECLARO OFICIALMENTE INAUGURADA LA QUINCUAGÉSIMA OCTAVA EDICION DE LA FERIA INTERNACIONAL DE MUESTRAS DE ASTURIAS.