El libro de estilo de la agencia EFE se titula Manual de español urgente. En su redacción participó Fernando Lázaro Carreter, por encargo de Luis María Anson, entonces presidente de la agencia. ¿O es Ansón? Bueno, sea Anson o Ansón, llano o agudo, aquélla fue una feliz idea y el librillo alcanzó pronto un éxito notable. Hoy, reeditado y actualizado en múltiples ocasiones, continúa siendo recomendable.

Lo que me interesa es el acierto del título, porque el español urgente es la síntesis de la historia, del trabajo y del porvenir de la agencia Efe. De hecho, con esta exposición se conmemoran 75 años de urgencias: de teletipos a la carrera, de las fotografías del momento justo, de informaciones minutísimas de nuestra historia.

No sé mucho de periodismo. Conozco los tópicos: oficio de canallesca; no le digas a mi madre que soy periodista, dile que soy pianista en un burdel; las noticias de hoy envolverán el pescado de mañana y por ese etcétera hasta la tan machista como memorable frase de Jack Lemmon en Primera Plana: “Un hatajo de pobres diablos, con los codos raídos y los pantalones llenos de agujeros, que miran por la cerradura y que despiertan a la gente a medianoche para preguntarle qué opina de Fulanito o Menganita. Que roban a las madres fotos de sus hijas violadas en los parques. ¿Y para qué? Pues para hacer las delicias de un millón de dependientas y amas de casa. Y, al día siguiente, su reportaje sirve para envolver un periquito muerto”

Ésa era mi instrucción sobre el oficio cuando empecé a tratar de forma habitual con los periodistas. Como político y como gobernante he desarrollado esa mala relación cordial tan frecuente entre la política y el periodismo. Sospecho que ése es el punto justo. Si hay demasiada complicidad, uno de los dos se ha rendido hasta traicionarse, sea el periodista o el político. Y si sólo manda el enfrentamiento, uno de los dos no entiende que esa tensión continua es un excelente termómetro de salud democrática. Evalúen ustedes qué abunda más hoy en España y saquen sus conclusiones.

Dentro de esas limitaciones, también he aprendido a distinguir el periodismo de agencia. Hoy, precisamente, por el anuncio de la abdicación del rey Juan Carlos I, es uno de los días propicios para ese tipo de periodismo, cuando la urgencia hace añicos todas las agendas. En cuanto al contenido, ni información de trinchera ni información claudicante. Es fácil diferenciarlo porque, voy a decirlo al modo cursi, el despacho de agencia tiene una narrativa distinta: frase corta, párrafo ágil, desnudo de adjetivos. Brevedad, rigor, inmediatez sin demora ni divagación.

Pero si ya vivimos en el tiempo instantáneo, objetará alguien. Si ahora todo se sustancia en un guasap o sintetiza en un tuit, si la red ya asegura la propagación de la noticia, si el periodismo 2.0 sigue en auge, si la prensa fía su porvenir a la interpretación y el análisis, ¿tienen sentido las agencias? La respuesta es fácil: la agencia no sobrevive sólo en la urgencia, sino en la combinación de cribado –la selección adecuada-, rapidez y credibilidad. El tercer rasgo es una categoría en esta casa. El despacho de EFE conlleva certeza, y eso, en el periodismo, es un marchamo impagable. Como lo es, aunque a menudo se valore menos, la calidad. En los teletipos y las fotografías que difunde EFE –y, en particular, esta delegación, permítanme que lo destaque- se aprecia a menudo una calidad digna de reconocimiento. Rapidez y buena redacción, rapidez y buena fotografía son, como sabéis los de este oficio, un oxímoron sólo aparente.

Cabe otra pregunta. Esa agencia, ¿puede ser un servicio público? O, planteada de otro modo, ¿España debe mantener un servicio público de noticias? Sostengo que sí, pero no para regalarles los oídos. La capacidad cultural y la fortaleza vertebradora de esta agencia con presencia mundial forman un patrimonio que no debemos malbaratar. El ejemplo de muchos otros países refuerza este planteamiento.

La exposición “EFE:75 años en fotos” es una retrospectiva. Nos encontramos con el repaso de nuestra historia: medio centenar de fotografías de grandes acontecimientos ocurridos en España y en el mundo y otras 25 seleccionadas del archivo fotográfico de Asturias. EFE, como saben ustedes mejor que yo, anda cerca ya de los cuarenta años de presencia en Oviedo.

La contemplación de fotografías lleva siempre una carga de melancolía: hasta las más recientes son prueba de nuestra fugacidad. La distinción entre fotografía artística y fotografía periodística, tan discutible, se difumina en ese punto de fuga que es el pasado inaprensible. Perdón, no se difumina: en ese momento, la fotografía periodística alcanza un grado más de intensidad que la artística, porque nos revela tal como realmente fuimos.

Pues bien, aquí nos encontramos, con la selección de trabajos de los grandes fotógrafos que ha tenido y que tiene la agencia EFE en España y en Asturias, con una exposición que nos retrata tal como realmente fuimos y tal como realmente somos. En el recorrido descubrimos el tránsito de aquella España monótona en blanco y negro, saturada de grisalla, al color, hasta hoy. Lo mismo digo de Asturias. Lo que vemos, pues, es una historia común, un patrimonio común que nos ofrece la agencia Efe. Yo, ante este autorretrato colectivo, no puedo menos que felicitarles, agradecerles el trabajo informativo que han hecho y que hacen.

A Robert Capa, gran fotógrafo de guerra, se le atribuye una frase afortunada: “si tus fotos no son lo bastante buenas, es que no te has acercado lo suficiente”. Aunque suena un poco torera, es aplicable a cualquier género periodístico: si tu crónica no es lo bastante buena, es que no te has acercado lo suficiente.

Lo que prueba esta exposición es que EFE, durante 75 años, se ha acercado de sobra.

Por ello, muchas gracias.